Martes, 03 Septiembre 2013 10:08

Los villanos infantiles ya no son lo que eran

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Se estrenó en verano “Gru, mi villano favorito 2”, en la que vuelve un criminal que no termina de afianzarse porque es más bueno de lo que cree. En los últimos tiempos, los malvados de las películas animadas han dejado de ser tipos de una pieza (brujas y hechiceros sin remordimientos) para dejar paso a un tipo de villanos algo más sutiles.

Que los tiempos cambian ya lo cantaba Bob Dylan hace 50 años (la  célebre canción “The Times They Are a-Changin” también dio pie a los créditos iniciales del “Watchmen” de Zach Snyder). Ese tema se grababa justo un mes antes de que Kennedy fuera asesinado y se dijo que el magnicidio hizo perder la inocencia a los Estados Unidos. Quién sabe qué influencia tuvo aquello en lo que nos ocupa en estas páginas. Que es, nada menos, recordar a quienes han sido los “malos malísimos” en las películas infantiles en estos últimos años. Pero, ¡ay!, ser un villano ya no es lo que era. Los tiempos, sí, han cambiado.

Antes, por ejemplo, en una producción de dibujos animados, el malvado de la película tenía las cosas claras: había que ser malo, muy malo. Cuanto más, mejor, sin medias tintas. Y para ello, existía un camino recto y claro: hacerle la vida imposible a los buenos (que eran muy buenos). Echemos la vista atrás, antes, incluso, de que Dylan cantara nada, porque no había nacido. En 1937, Disney tenía las cosas muy claras con respecto a los villanos (marca de la casa). En “Blancanieves y los siete enanitos” (dirigida por William Cottrell y otros) la reina-madrastra-bruja no se cortaba un pelo a la hora de amargarle la existencia a su bella hijastra. Que el público se posicionara en su contra desde el primer fotograma no la importunaba en lo más mínimo. Y si el cazador al que había ordenado rebanarle el cuello se ablandaba y dejaba con vida a Blancanieves, pues se disfrazaba de viejecita y a vender fruta ponzoñosa a la muchacha, que ríase usted del bulo de los pepinos españoles o la carne de caballo en hamburguesas.

Tres cuartos de lo mismo sucede con la madrastra (¡qué manía con las familias no tradicionales!) de “Cenicienta” (1950, Clyde Geromini, Wilfred Jackson y Hamilton Luske). Una mala tan mala que anteponía el ejercicio de su vileza a su propio beneficio: una malvada incorruptible, vamos. Honrada en lo suyo. Qué le costaría a ella permitir a su hijastra acudir al baile, donde emparentaría con la realeza (en los tiempos, además, en que eso era realmente un buen negocio). Pues no, a castigarla en casa: no podía reprimirse. Claro que la película ganó premios en los festivales de Venecia y de Berlín. Lo recordamos: cuanto más mala la mala, mejor.

{jb_quoteleft}Antes, el malvado de la película tenía las cosas claras: había que ser malo, muy malo. Cuanto más, mejor, sin medias tintas. Y para ello, existía un camino recto y claro: hacerle la vida imposible a los buenos (que eran muy buenos).{/jb_quoteleft}Disney hizo escuela con sus “malos malísimos”, tan reconocibles como sus héroes y heroínas. Bellacos de una pieza, sin aristas ni remordimientos. ¿Los tenía el hada Maléfica cuando hechizó a la princesa Aurora en “La Bella Durmiente” (Geromini y otros, 1959)? Tampoco le temblaba el pulso a Cruella de Vil en “101 dálmatas” (Geromini y demás, 1961), empeñada en transformar en abrigos de piel a los cachorros de Pongo y Perdita. Conocemos y “queremos” a tantos villanos “made in Disney”…

Por aquellos tiempos, la Warner también tenía sus malos animados, enmarcados dentro de los Looney Tunes (“canciones locas” en español, una respuesta a las “Silly Symphonies”, “sinfonías tontas” de Walt Disney). Y había malvados, por supuesto, pero de los que te podías reír. El Coyote y su persecución a lo Sísifo de el Correcaminos es el más recordado de sus “perversos” personajes.

Gru2 villano favoritoPero dejemos atrás los tiempos en que los villanos infantiles tenían las cosas claras. Mataron a Kennedy, sí, y también se llegó a la Luna, cayó el Telón de Acero, surgió Pixar y Lady Di murió en un accidente. Demasiadas cosas para que el mundo de la animación no cambiara. Para colmo, Dylan compuso “Things Have Changed” para la película “Jóvenes prodigiosos” (Curtis Hanson, 2000). Traducimos: “las cosas han cambiado”. Llegaba el cambio de siglo (¡de milenio!) y el artista de Minnesota lo certificaba. Dudamos de que pensara en los malvados de las películas para los pequeños, pero viene que ni pintado (o dibujado).

Puede que sí, que Pixar tuviera algo que ver en todo esto. La productora, que debutó en el cine en 1995 con “Toy Story” (de John Lasseter), cambió para bien el género. Y, desde entonces, ha mantenido una relación ambigua con sus personajes “malvados”. Como si le hubiera tomado el pulso a su tiempo, supo ver que no siempre sería necesario un malvado de una sola pieza para dar lustre a sus protagonistas (que tampoco tendrían por qué ser especialmente “buenos”). Así, en aquel debut, el malo de la película era precisamente un niño, deslenguado y procaz, pero niño al fin y al cabo. Quince años después, en “Toy Story 3” (Lee Unkrich, 2010), se rizaba el rizo con Lotso, el achuchable oso rosa, anciano y cojo… y villano implacable a la que te querías dar cuenta.

Tampoco resultaba malvado de una pieza el Anton Ego de “Ratatouille” (Brad Bird, Jan Pinkava, 2007), sino más bien un personaje antipático, pero con capacidad de redención. En algún caso, como fue “WALL·E” (Andrew Stanton, 2008), casi se prescindía de la figura perversa. Solo hacia la mitad del metraje aparecía AUTO, el piloto automático de la nave Axiom, una versión coloreada del HAL2000 de “2001, una odisea del espacio”. Los humanos de la nave carecían de cualquier tipo de maldad. Ellos eran, simplemente… tontos. Lo cual tampoco resulta de gran consuelo…

Existen otros casos bastante recientes, en los que los malvados, a su pesar, dejan de serlo. Es lo que sucede en “Gru, mi villano favorito” (Pierre Coffin, Chris Renaud, 2010). Gru, un criminal con ínfulas, que planea nada menos que robar la Luna, acaba convirtiéndose en padrazo de tres huerfanitas. ¿Alguien imagina a la bruja de Blancanieves pasándole el brazo por los hombros a su hijastra, hablando de sexo seguro prematrimonial ante su inminente primera cita con el Príncipe? ¡Vaya humillación a la legítima maldad de los malvados! Ya está en los cines la continuación… Veremos si le dejan ejercer su villanía como es debido.

Algo parecido le ocurría al protagonista de “Megamind” (Tom McGrath, 2010), la mente-criminal-más-grande-de-su- tiempo, que cuando derrota al último superhéroe que le hace frente entra en depresión por aburrimiento. Para combatirla, crea un nuevo enemigo (es decir, un superhéroe). Pero el tiro el sale por la culata, pues el superhéroe se desmadra y se convierte en un peligro universal, así que no le queda otra que salir a combatirlo… como última esperanza de la Humanidad. ¡El cazador cazado! Tampoco eran tan malos como parecían los muertos vivientes de “El alucinante mundo de Norman” (Chris Butler y Sam Fell, 2012): en realidad solo necesitaban un poco de comprensión. Ni parecía nada vergonzante luchar por el título de bucanero del año en “¡Piratas!” (Peter Lord y Jeff Newitt, 2012), y si algo de maldad había en aquella trama, recaía en la figura de Charles Darwin. ¡Eso sí que es evolución, pero de la figura del malvado!

Está claro que, si los superhéroes iniciaron su proceso de deconstrucción con “Watchmen” (esta vez nos referimos al cómic de Alan Moore y David Gibbons, publicado en 1986), donde dejaron de ser personajes unívocos, sólidos y fiables, los villanos del mundo infantil han realizado el mismo camino en los últimos lustros, aunque empezándolo desde la orilla del mal.

Aun así, seguimos encontrando malvados “clásicos” en el cine infantil. Aquellos capaces de hacer el mal sin problemas de conciencia. En breve se estrena en vídeo “Los pitufos 2” (Raja Gosnell, 2013), donde volveremos a encontrar a Gargamel, hechicero de segunda con fijación malsana por los seres azules (“¡Cómo odio a los pitufos!”), que nació de la pluma del dibujante belga Peyo y que la productora Hanna-Barbera llevó a la televisión entre 1981 y 1990. También el ogro Shrek (un “bueno” muy poco ortodoxo) se las ha visto con malos sin anverso como Lord Farquaad, el príncipe enano de la primera parte (Andrew Adamson y Vicky Jenson, 2001).

O Po, el oso guerrero de “Kung Fu Panda” (Mark Osborne y John Stevenson, 2008), que se enfrentó al despiadado Tai Lung, el leopardo de las nieves, o al sibilino Lord Shen en su continuación (Jennifer Yuh, 2011). Incluso en la animación española reciente (y de gran éxito) encontramos tipos de la peor calaña, como el Kopponen de “Las aventuras de Tadeo Jones” (Enrique Gato, 2012), un expoliador de tesoros, o el General Grawl, un dictador fascistoide en “Planet 51” (Jorge Blanco, 2009).

Pero incluso a estos, como a otros que nos hemos dejado por el camino, podemos salvarlos de ir al infierno de los dibujos animados. Porque ellos sí que podrán decir, con todas las de la ley, lo que afirmó en su momento Jessica Rabbit (por cierto, pura esencia, de la ambigüedad y erótica del mal): “Nosotros no somos malos, es que nos han dibujado así”.

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