Martes, 13 Enero 2015 09:15

El doblaje en España: sus origenes (I)

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Cada vez más se afianza la costumbre de las compañías cinematográficas y videográficas españolas de hacer la presentación de sus estrenos invitando a los actores de doblaje a que cuenten, en una rueda de prensa, sus experiencias mientras prestaban sus voces a los protagonistas extranjeros. Se debe, en parte, a que muchos de ellos son igualmente famosos por diversas razones: por ser también actores reconocidos, por su labor radiofónica y televisiva o por estar, en esos momentos, en el candelero de la popularidad.



Claro, no solo basta con ser famoso, hay, por encima de todo, que tienen una voz que conecte con el personaje primero y, después, con el público. Donde mayor énfasis se pone para logra esta sinergia es, sin duda, en las películas de dibujos animados. También en las de personajes reales, aunque aquí el actor de doblaje queda más diluido por el conjunto de los mejores elementos de la película doblada.

Nosotros vamos a hablar de doblaje en este y en los dos siguientes capítulos. Primero vamos a recordar a los pioneros en esta discreta labor de prestar su voz a los protagonistas extranjeros. Discreta, decimos, porque su papel queda completamente oscurecido a pesar de que esa maravillosa voz, esas modulaciones y gesticulaciones tímbricas, esas cadencias y entonaciones que nos meten en español en los personajes son propia de grandes artistas.

Nosotros creemos que sus nombres deberían aparecer en los títulos de crédito de la película, como aparecen los de los traductores de libros. Bueno, como decimos, empezaremos por el principio y dejaremos para la siguiente entrega a los dobladores famosetes españoles de la actualidad. Nombres como Eva Hache, Santi Millán, Miguel Ángel Jenner y su hija Michelle Jenner, Carmen Maura, Anabel Alonso, Arturo Valls, María Adánez, Blanca Portillo, Mercedes Sampietro, Javier Gurruchaga, Inma Cuesta, Santiago Segura o Florentino Fernández por mencionar unos cuantos ejemplos.

En el tercer capítulo nos centraremos en la labores de doblaje del cine de Hollywood. Aunque en este caso, más que de doblaje habría que hablar de préstamo de voces, pues de eso se trata cuando Scarlett Johansson, Julie Christie, Eddie Murphy, Antonio Banderas, Cameron Díaz, Ryan Reynolds, Samuel L. Jackson, Ed Harris, Renée Zellweger, Matthew Broderick, John Goodman, Chris Rock o Ben Stiller ofrecen las suyas para que los personajes de animación puedan expresarse en inglés.

La mayoría de los países no disponen de doblaje para las películas extranjeras que se estrenan en sus salas cinematográficas. Es decir, que se exhiben en el idioma original subtitulado en el propio. España es una excepción. Aquí se inició este hábito –que en la práctica consiste en prestarle a esas producciones no nacionales nuestro idioma– poco después de inventarse el cine sonoro, allá por los años treinta del pasado siglo, para ayudar a una población analfabeta que no sabía leer ni el español, a entender los diálogos de las películas de otros países.

Y fue un italiano, Hugo Donarelli, quien levantó el primer estudio de doblaje en Madrid, bautizado como Fono España. En él se dieron cita las primeras grandes figuras del doblaje como Elvira Jofre, cuya versátil voz prestó a Elizabeth Taylor en seis películas, a Grace Kelly en cinco ocasiones y, de forma esporádica, a actrices como Deborah Kerr, Olivia de Havilland, Joan Bennett e Ingrid Bergman.

También fue muy importante el trabajo de Elsa Fábregas, poniendo voz a Dorothy/Judy Garland en “El mago de Oz” (Victor Fleming, 1939) y a Scarlatt O’Hara/Vivien Leigh en “Lo que el viento se llevó” (Victor Fleming, 1939), el de Rafael Luis Calvo como Clark Gable, y el de otro gran doblador como Felipe Peña, voz de John Wayne en películas como “Río Bravo” (Howard Hawks, 1959) o “El hombre que mató a Liberty Valance” (John Ford, 1962).

A ellos habría que añadir los nombres de magníficos profesionales procedentes de la radio y del teatro, como Matilde Conesa que dobló a Bette Davis en películas como “La loba” (William Wyler, 1941);  Teófilo Martínez que fue la voz de Orson Welles en un clásico como “Sed de mal” (1958);  Pedro Pablo Ayuso, Juana Ginzo, Matilde Vilariño y José Luis Pécker, entre muchos más.

Hugo Donarelli implantó un sistema de trabajo en el que se buscaban dobladores cuya voz y edad coincidiera con la del actor al quien iban a prestársela,  para así ajustar su imagen a la de un determinado timbre. A pesar de ello, encontramos a una larga lista de actores clásicos que, en determinadas etapas, han sido doblados por diferentes personas (no siempre con la profesionalidad y la modulación requerida).

Un ejemplo de ello, pero en sentido positivo, es el de James Stewart, cuyo doblador habitual había sido Fernando Ulloa –inconfundible por sus modulaciones de voz, por sus gracejos tímbricos o su tonalidad medio apagada-, y al que, más tarde, le prestaron su voz otros seis actores de doblaje, con desigual resultado, aunque nunca sin mejorar el de Ulloa, al que, incluso, llegó a felicitar el propio Stewart, en una ocasión en la que estuvo en Madrid, tras verse en una película doblada por el español.

Debemos hacer un matiz en este doblaje, concretamente respecto a Jesús Puente, el excelente intérprete de películas de los años setenta y ochenta que también le prestó su voz a Stewart, logrando que los públicos de esas décadas la asimilasen a la de Puente, y olvidando la de Ulloa. Un extraordinario ejemplo lo tenemos en la película que John Ford filmó en 1962 con el título de “El hombre que mató a Liberty Valance”, donde el actor español realza aún más si cabe la interpretación de Stewart prestándole su voz.  

Además de Madrid, Barcelona se convirtió en otro referente con la creación de los estudios Orphea, Trilla-La-Riva y los de la poderosa Metro Goldwyn Mayer (MGM). El doblaje se convirtió en una profesión elitista y llena de encanto, en la que todo el proceso se realizaba con una minuciosidad propia de artesanos. Esto sucedía porque los dobladores eran contratados en exclusiva por los estudios, disponiendo de mucho tiempo para realizar su trabajo.

Con la llegada de la televisión y, sobre todo, con la del vídeo, imperaron las prisas, y el doblaje en nuestro país fue perdiendo calidad. A mediados de los años ochenta, de una media de 300 películas al año se pasaron a doblar más de 3.000. Ello supuso la entrada de mucha gente ajena a la profesión que, a menudo, se dedicó a realizar doblajes rápidos para películas cuyo destino era el videoclub o la televisión. Como consecuencia de esta gran demanda, surgieron los denominados “estudios champiñones” que rompieron el monopolio del doblaje, hasta ese momento ejercido por Madrid y Barcelona.

Bilbao, Sevilla, Vigo o Gandía fueron algunas de las ciudades que incorporaron estudios de doblaje. Otro momento de mucho empleo para los dobladores, fue la llegada de las televisiones autonómicas. Ellas impulsaron los doblajes en eusquera, catalán y gallego. En la actualidad, los precios por unidad de doblaje (película) varían, dependiendo si se trata de un trabajo cuyo destino es la exhibición cinematográfica, videográfica o televisiva. En el primer caso el precio puede alcanzar los 50.000 euros, mientras que doblar una película de vídeo no sobrepasa los 10.000. En el medio televisivo el precio, habitualmente, se factura por cada hora de emisión.

El doblaje es un proceso complicado en el que, la parte principal, consiste en ajustar las voces y hacer creíble la interpretación vocalizada de los actores originales. En España comienza en el momento en que el distribuidor que ha comprado la película para ser exhibida en nuestro país, envía al estudio una copia de trabajo, con la música original, los efectos (que pueden ser varias bandas a la vez) y una copia del guión original traducido a nuestro idioma.

A continuación el editor del estudio de doblaje dividirá la película en tomas y el adaptador, mientras se van proyectando en una pantalla, tratará de ajustar los diálogos traducidos por los actores de doblaje a los movimientos de los labios de los intérpretes. Para ello se alargan o acortan la duración de las frases. A veces, cineastas con el control total sobre su obra, se encargan de elegir a dedo a la persona que quiere que le haga el doblaje de su película. Un buen ejemplo de ello fue Stanley Kubrick, quien eligió a Carlos Saura para que dirigiera el doblaje en España de algunas de sus películas.

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