Miércoles, 01 Julio 2015 12:36

Y llegaban “Los Biters” (hace 50 años)

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Se habrán echado las manos a la cabeza quienes al leer título lo hayan relacionado con The Beatles. Y es verdad. Pero no, no se trata de una falta de ortografía, o quizás sí. Pero en 1965, cuando el 1 de julio aterrizan en España (primero en Madrid y después en Barcelona), un buen número de sus fans ibéricos creían que se llamaban de esa manera: “Los Biters”. Al menos se pronunciaba así, y también se escribía, en aquella España cerrada a cal y canto a las libertades donde me criaba.

Sus primeros “singles” los oíamos casi a escondidas de los padres en casa de un amigo: “A Hard Day’s Night”, “Help!”, “We Love You”, “Michelle”... Y no porque fuesen caros (que también lo eran para la mayoría de los jóvenes que solo disponíamos de las pesetas justas para pagarnos las entradas de cine, los sábados o domingos), sino porque -¡y eso sí era prohibitivo!- no tenían tocadiscos más que algunos privilegiados del pueblo, y la discotecas, que alguna vez que otra se atrevían con los músicos ingleses.



The Beatles o Los Biters, como ustedes prefieran, y aunque parezca increíble, estaban tan prohibidos en algunos lugares de nuestra España de aquel tiempo, como los partidos políticos, la mayoría de las películas que se hacían en Europa o la minifalda, por mencionar algunos ejemplos de lo que aquí no podíamos disfrutar. Y no porque lo prohibiera (en el caso de los cantantes) la censura política, sino que estaban en el punto de mira religioso, familiar y hasta del buen gusto que se llevaba en ciertos ambientes, incluso “progres”, de esos años. Simplemente, por su pelo.

En efecto, el pelo o las melenas que incorporan John Lennon, Ringo Starr, George Harrison y Paul Mac Cartney, era más peligroso en aquella época –no solo en España, sino en gran parte del mundo, aunque sobre todo en los países con dictaduras– que el “ruido” de sus guitarras. “¡Eres un melenudo!” gritaban como un insulto muchas “buenas familias” a quienes nos dejábamos crecer el pelo, lo que significaba como mínimo ser un rebelde; y en el peor de los casos, un marica.

Bueno, lo que ocurrió en aquel viaje casi relámpago de The Beatles a España de 48 horas, repartidas en sendos conciertos en Madrid y Barcelona, fue memorable y difícil de olvidar. Al menos para mí. Miles de fans (nosotros con 50 años menos) intentando asistir a alguno de los dos conciertos.

Y como no fue posible para la mayoría de nosotros -por no poder pagar lo que costaba la entrada- nos acercamos a las afueras de la Plaza de Toros de las Ventas o a la Monumental de Barcelona para oír al menos el eco de sus voces y de su música. Lo cual no fue posible tampoco, porque allí estaban los grises con sus porras y camiones antidisturbios (los que lanzaban agua a toda presión) para espantarnos.

Los ecos de esa visita y de los dos conciertos llegaron al resto de España por etapas: mediante algunos programas musicales o a través de los periódicos y de las revistas de espectáculos de ese tiempo. No estuvieron para recibirles las decenas de miles de madrileños que, unos años antes, el 21 de diciembre de 1959, salieron a vitorear a Eisenhower cuando éste hizo su famosa visita a Franco. Pero tampoco nos habían dado el bocadillo, ni las consignas repartidas por las radios oficiales (las eran todas) y la única televisión existente: TVE.

Aún así, la “juventud rebelde” madrileña y barcelonesa consiguió organizarse para formar grupos numerosos de bitelmaniacos que dieron trabajo durante 48 horas a las fuerzas represoras del régimen, que actuaron como si se tratara de reprimir manifestaciones obreras o estudiantiles, tan frecuentes en aquel tiempo. Pero no, al menos en esta ocasión, no gritábamos contra Franco y sus ministros. Solo queríamos ver o acercarnos lo más posible al hotel en que se alojaban nuestros ídolos o al lugar en el que iban a dar su concierto.

Ya han pasado 50 años, y aquellos sucesos parece como si hubieran sido solo un sueño, un espejismo. Pero no, no fueron un sueño, ni un espejismo. Ocurrieron de verdad. Llegaron The Beatles, y con ellos uno de los muchos intentos de aquella juventud española, cercada por la dictadura, de absorber aromas fresco de fuera.

Nos quedamos con las ganas de verlos, tocarlos, oírlos en vivo. Pero como ello no fue posible, compramos sus discos y también un tocadiscos barato para escucharles. Ya no necesitamos ir a casa del amigo rico, ni a las discotecas, donde preferían poner la música de Cat Stevens porque permitía que las parejas se pegasen como sellos.

El tiempo siguió pasando. Crecimos y envejecimos con nuestros ídolos cada vez más universales y también más mayores, dispersos, cada uno por su lado. Y murió John Lennon (asesinado). Otra conmoción. Y luego George Harrison. Quedan Ringo y Paul. Y quedamos todavía muchos de aquellos que quisimos oírlos y verlos en ese viaje relámpago que ahora lo percibo como si hubiera sucedido en otra vida. En otra galaxia. A lo mejor fue así.

(Antonio García-Rayo)