Jueves, 18 Junio 2015 08:28

Una entrevista inédita con Christopher Lee, por AGR

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La entrevista que ahora publica estrenosdevideo.com, se la hice el 13 de septiembre de 1988, en Madrid, en la campo de golf de La Moraleja. Gran parte de ella es inédita. Tras su muerte, el pasado 7 de junio, la rescato del cajón donde guardo cientos de otras entrevistas que he hecho a lo largo de mi vida profesional. Con Chris (que así acabé llamándole) me reuní en otras ocasiones, fruto de las cuales surgieron otras entrevistas. Alto, serio, recio, con ese rostro en el que no podía dejar de ver a Drácula, a pesar de que lo haya visto también en otras muchas películas. Se lo digo y se ríe. “Sí, pasa siempre. Muchos de mis más íntimos amigos siguen recordando, cuando me ven, la cara de Drácula. No lo pueden evitar. Es mi sino”.

Pero no lo dice como una maldición. Sabe que es gracias a este personaje que soñó en unas noches tormentosas de 1897 Bram Stoker, como se transformó de un actor de reparto sin muchas posibilidades de convertirse en estrella, en ese actor que ahora conoce todo el mundo. Y eso, a pesar de hacer años que ya no interpreta al chupador de sangre. Pero Christopher Lee es, por encima de todo, Drácula, antes que Fu-Manchú, Rasputín, Sherlock Holmes, Saruman (en la serie “El señor de los anillos” (2001/2003) de Peter Jackson) o Conde Dooku/ Darth Tyranus en “La Guerra de las Galaxias” (Episodios 2 y 3) filmados por George Lucas en 2002 y 2005.



A Christopher Lee, inglés de nacimiento (en Belgravia, suburbio de Londres, el 27 de mayo de 1922), le podían hacer entrevistas reporteros que sin hablar su idioma, fuesen italianos, rusos, griegos, daneses, suecos o españoles, que es mi caso. Hablaba todos estas lenguas desde muy joven. “Aprender idiomas me gustaba y se me daba bien”. En esta ocasión habla el español. Nos hemos visto muchas veces, y hemos coincidido en Sitges y Roma como jurados de sendos festivales de Cine Fantástico. Esta vez nos encontramos en este exclusivo campo de golf madrileño, uno de sus lugares preferidos en aquellos años para practicar este deporte en España, al que le dedicaba la mayor parte del tiempo cuando no estaba filmando o reunido con la familia. Hace un día espléndido de septiembre –un martes y 13– cuando caminamos por el césped, y entre hoyo y hoyo va hablándome de su vida, de sus películas y de muchas otras cosas.

Lo de conocer tantos idiomas tiene sus razones. Me lo explica así: “Desde niño, con 8 años, ya estudiaba en la escuela el griego y el latín. Luego fui un estudiante universitario de clásicos. Además, soy de origen latino (italiano) por parte de mi madre, que cantaba Ópera. Por eso, para mí, son iguales la música y el idioma. Ambos son como un regalo. Tenía una bonita voz de barítono y mi familia quería que probara suerte con la Ópera, lo cual me obligó, en cierta forma, a ahondar en algunos de esos idiomas”.

Evidentemente no llegó a ser un cantante de Ópera, pero si un actor al que saber idiomas le ayudó a proyectarse por el mundo, a salir de sus propias fronteras. “Pero no siempre es así –me dice–. Para un actor que hace solo películas en su propio idioma, en su propio país, no es tan importante conocer otros idiomas. En cambio, para un actor que quiera que lo vean en todo el mundo, sí lo es. Y yo quería que me vieran en todas partes. Vivimos en un mundo global, y yo creo y he dicho siempre que es importantísimo para un actor o una actriz tener proyección internacional (y no solo para ganar más dinero, o para aumentar el ego profesional). Para ello es fundamental conocer idiomas. Yo soy así. He hecho películas francesas en francés, italianas en italiano, alemanas en alemán. He cantado, reído y hablado en muchos idiomas”.

Se concentra en el próximo disparo. Es un “driver” largo y creo que elige un palo de madera uno. Cuando ha lanzado la pelota, y comprobado que ha quedado bien situada en el entorno del hoyo, se vuelve hacia mí y me dice: “Los productores de muchos países me conocen y me llaman para trabajar porque saben que puedo hacerlo en su idioma. Para mí es importantísimo porque el mundo del cine, actualmente, es global. No basta con ser conocido en un país –el tuyo– o en un idioma (el tuyo), sino en el mayor número de idiomas del mundo. Ya sé que es imposible que te conozcan en todos los idiomas, pero a través de los más importantes he logrado proyectarme al mundo entero. Me conocen en Japón, en Andalucía, en Alemania del Este (cuando le hacía la entrevista aún no había caído el  Muro de Berlín –lo que ocurriría casi un año después, el 9 de noviembre de 1989–, ni se había producido la reunificación alemana). Y también, claro, en mi propio país”.

Sin embargo Christopher es consciente de que la suerte de un actor no solo depende, para que sea conocido y alabado en todo el orbe, de hablar idiomas o tener, incluso, talento. “Necesitas la suerte de ser conocido por algo –afirma–, de conectar con la gente a través de un papel, de un personaje interpretado en algún momento. En mi caso fue Drácula. Un actor aspira a tener talento, a que le conozcan la cara, el nombre. Y llegar así a ser internacional. Si tú te percibes como un verdadero actor, quiere decir que tienes versatilidad. Con la vocación no se pasa más allá de la técnica. Estoy seguro de que para ser un verdadero actor profesional –no amateur–  hay que aprender mucho de la vida. La carrera de un actor es la vida misma y es para toda la vida (si logra conectar con el público, claro)”.

“Yo nací con un cierto talento –sigue diciéndome–, pero desconocía que lo tuviera. Después de la Segunda Guerra Mundial, un día que desayunaba con mi tío, Nicola Carandini, que era el embajador de Italia en el Reino Unido (el primero después de la contienda), me preguntó: “¿Qué vas hacer ahora?”. Tenía 24 años. “Eres muy joven. Has pasado cinco años luchando, tienes experiencias extraordinarias de la guerra, fuiste herido. Puedes abrirte camino fácilmente”. Yo le contesté que no sabía lo que iba hacer. Entonces me dijo: “Tienes una bella y excelente voz, como tu madre. ¿Porqué no pruebas por la Ópera?”.

Fue en ese momento cuando Chris se entera que su abuelo había sido cantante de Ópera en Australia y que junto a su bisabuela habían fundado el primer Teatro de Ópera en ese país. “Yo no lo sabía. Mis abuelos eran italianos, nobles italianos. Mi primer apellido es Carandini (Christopher Frank Carandini Lee). Según el árbol de la nobleza, los Carandini estaban entre las seis familias italianas más antiguas.  Una rama se fue a Australia, y allí, concretamente en Tasmania, mi bisabuelo encontró a mi bisabuela. Y se casaron, teniendo nada menos que siete hijos. Mi tío el embajador me contaba todo esto (que yo no sabía) para animarme  a que probara suerte como cantante. “Quizás –reiteró– tengas talento para ser artista”.

En esa época, un italiano llamado Filippo Del Giudice, era jefe de producción en la Rank Organisation, la propietaria de los Pinewood Film Studios y la productora más importante del Reino Unido. “Fui a verlo con la intención de pedirle que me ayudara a encontrar trabajo como actor. Ya me había visto en algunas de mis pequeñas actuaciones, y le habían gustado, pero quiso probarme personalmente para haber si tenía algo dentro de mí que le animase a contratarme. Y algo debí tener, porque me contrató para siete años. Quizá tenía talento, pero no lo sabía, Tenía voz, figura, aunque tal vez un cuerpo demasiado grande, demasiado alto (así me lo dijo). Pero me contrató y empecé a trabajar en la Rank. Y así, desde muy joven, puede mostrar que mi vocación iba en la línea de ser actor. Era lo que me gustaba hacer. Y quería vivir de ello. Después de tantos años es muy difícil de explicarlo. Yo sabía que tenía talento para ser actor, quizá heredado, procedente de la familia de actores a la que pertenecía”.

En efecto, Christopher Lee comienza la década de los cincuenta del pasado siglo en la Rank, siendo un completo desconocido. Tenía talento, pero le faltaba experiencia y nombre. Sin contar que su altura, en aquel tiempo, era un inconveniente muy serio para ser actor con proyección no solo internacional, sino en su propio país. “Pero era así y no podía cambiarme –me dice–. Así que me hice una especie de promesa: interpretaría todo lo que me propusieran (en la radio, la televisión, el cine o en el teatro), aunque fueran papeles insignificantes, haría de todo durante los siguientes diez años de mi vida profesional para coger experiencia. ¡Todo!”.

¡Alto, muy alto, demasiado alto! “Siempre que iba a ver a un productor o a un director, me decían la misma cosa: “Eres demasiado alto, no eres conocido, no tienes experiencia. Quizás tengas talento, pero no basta solo con el talento, y además no tienes el rostro típicamente inglés que se necesita para trabajar en películas inglesas”. Me echaban en cara que se me notaba mi origen italiano. Yo me reía de todos cuantos me veían así. Y me repetía una y otra vez: soy actor, aprenderé poco a poco mi trabajo y sacaré mi talento como sea, a base de trabajar en lo que fuera, en papeles pequeños, en cualquier cosa. Todo lo que me ofrecían, por insignificante que fuera, lo hacía. Durante los primeros diez años de mi carrera interpreté un montón de películas y participé en numerosos programas de radio y televisión (en papeles insignificantes, claro), así como en teatro. Al final de ese periodo, ya había aprendido a ser un actor”.

“Por eso digo siempre que la carrera de un actor, en sus primeros 5/10 años, no es nada. Cuando me preguntan por el valor que tiene un actor o una actriz en sus comienzos, yo siempre les contesto que me hagan la pregunta dentro de diez años. Me baso en mi propia experiencia. Yo he comenzado poco a poco, con muchos problemas, muchos traspiés y muchas decepciones. Pero siempre me decía: continúa, aprende, haz esto, haz lo otro, todo cuanto te propongan, que un día tendrás éxito”.

Con esta filosofía Chris ha interpretado papeles por numerosos países: en el suyo, en Austria, Suecia, España, Francia, Italia, Estados Unidos, China. Con una ventaja sobre los demás que empezaban como él por esos años: que sabía idiomas. Y sabía expresarse en ellos. Sin embargo, a pesar de hacer todo tipo de papeles, no le llegaba el éxito. Era un desconocido cuyo nombre aparecía en lo más oscuro de los títulos de crédito, y a veces ni eso. Pero un día apareció el éxito. ¡Y de qué manera! Con Frankenstein primero y con Drácula inmediatamente después.

¿Cómo ocurrió? Le pregunto. “Pues la historia se resume así: un día (corría el año 1956) le hablaron de mí a los propietarios de la productora Hammer. Habían transcurrido ya diez años desde que había iniciado mi carrera. ¡Diez años! Una eternidad enquistado en lo más bajo de la profesión. En la Hammer me ofrecieron el papel de la criatura de Frankenstein en “La maldición de Frankenstein”, rodada en 1957 por Terence Fisher. Se fiaron de mi rostro, de mi experiencia, de mi talento para hacer el papel de la criatura. Y la he encarnado con el resultado de todos conocido: un éxito mundial”.

“Tras él, me llovieron las ofertas. Y así ha llegado Drácula, el mismo año, también con la Hammer. Ya tenía nombre, experiencia y había demostrado mi talento. Me faltaba la oportunidad, la suerte de encontrarme con un gran papel. Y cuando ésta ha llegado en forma, primero de Frankenstein y después de Drácula, lo he aprovechado. Y en ellos he puesto en práctica lo que había aprendido en esos diez años de ensayos: imaginación, invención, instinto. Tras estos personajes me he convertido en un actor famoso. Todo el mundo conocía mi rostro, mi nombre. Así se inició mi carrera de actor importante”.

¿Intuyó que el éxito le llegaría con la interpretación de las dos criaturas malignas y tenebrosas procedentes de la pluma de Mary Shelley y Bram Stoker? “Qué va. Yo no esperaba el éxito de Frankenstein. Nadie en la Hammer lo esperaba. Llegó tras el estreno, primero en el Reino Unido y en Estados Unidos después, donde alcanzó un éxito increíble. Éxito que se repetiría después en todo el mundo. Con Drácula podíamos imaginarlo, tras el alcance de la película anterior. Estos personajes me han hecho famoso para el resto de mi vida, y me han abierto las puertas para interpretar muchos otros papeles importantes”.

“Yo siempre digo y repito que el papel de Drácula me colocó en órbita. A partir de él he interpretado todo tipo de villanos. Me los ofrecían en todas partes, y yo los aceptaba. Era mi profesión. Reconozco que cada Conde Drácula que hacía me encasillaba más en esos papeles de malo. Pero no me importaba. El propio Boris Karloff me dijo un día: “En nuestro trabajo es muy importante darse a conocer. No importa cómo. Hay que hacer cualquier cosa que te meta en la cabeza del público. Y que le dé placer. Y si les das placer, el mundo entero te conocerá. Y podrás trabajar siempre”. Gracias a sus consejos, hasta el momento, no me ha faltado trabajo como actor de cabecera, pues he filmado 168 películas (con las de la televisión más de 200)”.

¿Pero no le preocupa que siempre que se hable de o la gente vea a Christopher Lee lo relacionarán con los peores monstruos humanos o fantásticos del cine: con Drácula, Frankenstein, Rasputín o con Fu-Manchú? “No. Es mi trabajo, y con ellos he pasado a la Historia del Cine, y me han servido para vivir con desahogo. Para mí, los malos producen piedad. Todos los malos, las malas cosas que hacen, están obligadas a hacerlas por ser malos. Les caracteriza un cierto espíritu de tristeza. Siempre que he interpretado personajes malvados he querido transmitir su tristeza, su soledad. Yo, cuando hago un papel, intento presentar al público un personaje diferente a los otros que he interpretado. Trato de sorprenderle con él. Las películas de malos, villanos o monstruos son como un cuento de hadas. Yo no quiero ser convencional. Siempre busco papeles originales, diferentes”.

¿Por ejemplo, Fu-Manchú? “Sí. Lo interpreté para varios directores, uno de los cuales fue el español Jesús Franco. Cuando me encontré con él por primera vez, le dije: “Te llamas Jesús y Franco”. Dos nombres con los que puedes hacer de todo en España. Él se echó a reír. Le dijeron que con este tipo de personajes quería criticar al Régimen franquista, pero no era así. Era una película más sobre un personaje para el entretenimiento del público; eso sí, un personaje con mucho poder, un jefe peligroso. Hay mucha gente como él en el mundo. Muy distantes. Sádicos”.

“Con Fu-Manchú he tratado de presentar al público algo que le sorprendiera, que no se lo esperara. Todos mis malos tienen algo de diferente, pero insisto, siempre son personajes tristes, solitarios. El primer Fu-Manchú lo rodé en Irlanda en 1965 (“El regreso de Fu-Manchú”) con Don Sharp; el segundo en el Reino Unido en 1966 (“Las novias de Fu-Manchú”), con el mismo director; el tercero en Hong-Kong, un año después, con Jeremy Summers (“La venganza de Fu-Manchú”). Y el último en Barcelona (“El castillo de Fu-Manchú”) con Jesús Franco en 1969. Pues bien, todos tienen algo distinto a los otros”.

Acaba de meter la pelota en el cuarto hoyo y está contento. Se le da bien esto del golf. Yo, a lo más parecido que he jugado con una bola y un agujero en la tierra, ha sido al “gua” (luego se le llamó “canicas”). Y no se me daba mal. Le pregunto si no resulta harto peligroso para un actor excederse en la interpretación de un personaje. ¿No has sobrepasado, en algunos casos, ese límite en el que se acaba perdiendo la credibilidad ante el público? “Yo creo que no lo he traspasado –me contesta–. He interpretado, por ejemplo, a Fu-Manchú (aunque podría decir lo mismo de Drácula) mientras se ha comprobado que el personaje era rentable en la taquilla, y eso quiere decir que al público le gustaba. Pero creo también que ningún actor se debe prodigar en un mismo papel, por muy bueno y popular que sea. Por eso dejé de rodar Drácula. La primera película que interpreté era buena, la segunda (“Agárrame ese vampiro”, filmada en 1959 con Steno) no tiene nada que ver con Drácula. Los productores le pusieron, en algunos países, el título de Drácula para distribuirla. Pero no sale para nada. Hacía de un vampiro de la Transilvania muy divertido. Luego interpreté otros Dráculas a lo largo de varias décadas que gustaron al público”.

Se refiere a los que dirigieron Terence Fisher en 1965 (“Drácula, príncipe de las tinieblas”), Freddie Francis en 1968 (“Drácula vuelve de la tumba”) o los tres que rodó en 1970: el de Peter Sasdy (“El poder de la sangre de Drácula”), el de Roy Ward Baker (“Las cicatrices de Drácula”) y el de Jesús Franco (“El Conde Drácula”). Pero todavía hará otros tres: el documental de Calvin Floyd (“Vem var Dracula?”, 1972),  los dos de Alan Gibson (“Drácula 73”, en 1972 y “Los ritos satánicos de Drácula”, en 1973) y el de Édouard Molinaro (“Dracula padre e hijo”, 1975). Recuerda con cariño todas, a excepción de la de Molinaro. “Era malísima, no había por donde cogerla. Ya desde el guión me pareció un error interpretarla. Pero la hice y siempre lo he lamentado. A partir de ahí, me dije que no volvería a interpretar nunca más a Drácula. Así que tuvieron que encontrar a otros actores”.

Me asalta una curiosidad. Cuando Chris comienza a ser famoso por Drácula, su hija apenas ha cumplido 10 años. ¿Cómo presumir ante ella (en la lógica de los padres famosos) con un personaje que podía aterrorizarla cuando lo viera? “Es verdad, al principio, le daban miedo mis personajes de terror, así que no dejaba que viera las películas. Pero acabaron gustándole. Además me ha visto rodarlos. Me la llevaba al estudio para quitarle el miedo. Quería explicarle personalmente lo que eran. Un día (tenía 10 años) le dije, “Vamos a ver juntos tú y yo mis películas de miedo. Las vas a ver como un cuento de hadas. Aunque te darán un poquito de miedo, lo que pasa en ellas no es real. Soy yo, tu padre, que interpreta ese papel. Y si tú tienes miedo, voy a estar a tu lado y podrás mirarme y verás que ese no soy yo, sino un personaje que interpreto. No es de verdad. Es pura fantasía. Invento de un escritor. Y así, poco a poco, ha ido asimilándolas y quitándose el miedo. Un día me dijo: “Me dan un poquito de miedo todavía papá, pero ahora sé que eres tú, que como actor has interpretado ese papel”. Y al final le han gustado. Y ha perdido el miedo. Todos los niños que ven a Drácula pierden al final el miedo, porque acaban viéndolo como el personaje de un cuento de hadas. Los niños siempre la encuentran como una historia novelesca”.

           

¿Ves alguna diferencia entre los modos en que se infundía el terror antes de los años setenta y el que se infunde en las películas de ahora? “Claro que lo veo. Antes el terror se creaba a través del rostro del actor, de su interpretación y de sus gestos ante la cámara. Ahora se infunde a través de los efectos especiales. Si yo tuviera que interpretar un monstruo con los efectos y el maquillaje que se les coloca ahora encima a los actores o superponiendo mi figura con fondos artificiosos, mi hija seguramente no se asustaría de mí, ni tampoco atraería las miradas del público más allá de esa película. Ahora se hace así. Lo que yo y otros hemos hecho en nuestras películas, ha sido infundir miedo a través de nuestros rostros, de nuestra interpretación, de nuestro talento. Hemos representado los efectos especiales con nuestro talento. Hoy, las películas de terror, son un poco grotescas, el 75 por ciento del miedo que transmiten lo hacen a través de los efectos especiales o por el maquillaje”.

“Por eso ya no hago películas de terror –sigue diciéndonos–, porque no me dejan mostrarlo a través de mi talento. Quieren aprovecharse de mi nombre, pero embadurnándolo con potingues y efectos donde yo no pinto nada. Me dicen que es lo que quiere el público de hoy. Tal vez sea así, pero que no cuenten conmigo. Hay excepciones –reconoce–. He visto películas de terror que me han impresionado mucho, como “La semilla del diablo” (1968) de Roman Polanski. ¡Estupenda! Todo está contado en el guión, con los actores, con sus rostros, sus manos, su cuerpo y sus gestos. Para mí, esto es mucho más interesante que una película que transmite el terror con efectos especiales. Es la película de terror más efectiva que quizá he visto”.

Ya les dije que Christopher habla el español con fluidez, y que lo ha aprendido estudiándolo y practicándolo en nuestro país, donde ha trabajado con bastante frecuencia. “En España me encuentro como en mi casa. Aquí he rodado muchas películas. La primera fue en Barcelona, en 1952. Se llamaba “Muchachas de Bagdad” y la dirigieron Jerónimo Mihura y Edgar G. Ulmer. Hacía de un tratante de esclavos, un papel insignificante, pero me sirvió para hacer amigos en España y poder trabajar en otras películas posteriores, como “La princesa de Éboli” (1955) de Terence Young, donde interpretaba a un capitán (también sin relevancia como actor)”.

Ya como actor mundialmente conocido, en 1970, vuelve a recalar en España donde con Pere Portabella interpreta “Umbracle”: “En ella hacía un papel muy raro, en una película rarísima y de solo dos protagonistas (un hombre y una mujer)”. Después llegó la de Fu-Manchú con Jesús Franco, y varios “western espagueti” en Almería, entre ellos uno con Raquel Welch en 1971 (“Ana Caulder”, dirigido por Burt Kennedy). Sin olvidar las tres películas que rueda con Richard Lester sobre la obra de Alejandro Dumas: “Los tres mosqueteros (Los diamantes de la reina)” en 1973, “Los cuatro mosqueteros (La venganza de Milady)” en 1974 y “El regreso de los mosqueteros”, filmada al año siguiente de hacerle la presente entrevista (en 1989). En las tres hacía otro papel de antipático y odioso malvado: Rochefort. “Siempre fueron papeles diferentes, en el sentido del que te hablaba de sorprender al público”.

Seguimos en la cafetería de La Moraleja, refrescada por un aire acondicionado que de pronto nos hiela como nos abandona al calor de la sofocante mañana de septiembre. Es la hora de preguntarle por el papel que no ha interpretado hasta ahora, pero que le gustaría hacer. “He hecho de todo: desde papeles crueles a cómicos y sádicos, desde monstruos humanos y fantásticos a oficiales, aviadores, vaqueros y bandidos del Oeste... Prácticamente de todo. Aunque hay dos papeles que no he interpretado todavía y me gustaría hacer: el de Don Quijote y el de Iván el terrible. Yo comprendo muy a fondo a ambos personajes. Los siento dentro de mi como actor. El de Don Quijote es noble, con presencia, un gran señor, un gran amador (en la idea de su cerebro). El de Iván es recio, sombrío, temible, lleno de odio y de resentimiento. Pero también de una cierta nobleza, que se oculta por el enorme papel que juega en su país y los terribles enemigos a los que se tiene que enfrentar. Aún no he podido interpretarlos en ninguna parte, pero espero lograrlo algún día”. No lo consiguió, aunque, al menos en lo que respecta a cierto parecido con el último, se revistió de un pérfido Saruman en la serie “El señor de los anillos” (2001/2003) de Peter Jackson; o como Conde Dooku o Darth Tyranus en “La guerra de las galaxias” (episodios 2 y 3) filmados por George Lucas en 2002 y 2005.

Ambos quedarán también para la galería de malvados y monstruos en el largo capítulo que la Historia del Cine le dedica ya al actor fallecido. “Pero mi personaje principal es Drácula –me decía en vida–, y también el de Rasputín, al que encarné en 1965 bajo la dirección de Don Sharp. ¿Sabes? Yo conocí en casa de mis padres a dos de los asesinos de Rasputín. Y más tarde conocí a su hija, que me dijo que le parecía, en cuerpo y rostro, a su padre. “Tienes su misma expresión”, me aseguró. He visitado en Leningrado su casa. Es un personaje único”. También destaca como hitos de su carrera “Ser el único actor que ha interpretado a los dos hermanos Holmes: a Sherlock (en “El collar de la muerte”, 1962, de Terence Fisher) y a Mycroft (“La vida privada de Sherlock Holmes”, en 1972, dirigido por Billy Wilder). Luego filmaría otra película más: “Sherlock Holmes y la prima donna”, en 1991,  de Peter Sasdy. Presume de tener “Numerosos clubs de fans en todo el mundo, tanto de Holmes como de Drácula. Para mí es un honor y una prueba de que he elegido bien a mis personajes y que he tenido suerte con ellos”.

“Yo amo al cine. Es mi vida profesional. Es mi carrera, mi trabajo. Todo. Y en la vida privada, dejando a un lado la familia (que es la otra cosa importante que tengo), para descansar elijo el deporte, y dentro de él, ahora, el golf. Pero antes he practicado otros deportes: he corrido, saltado, casi volado. Hacer atletismo me encantaba, así como el cricquet (el juego nacional por excelencia de mi país), el fútbol, el rugby, la caña, el polo, el “squash” (fui campeón del Reino Unido antes de la segunda guerra mundial). He sido también, al comienzo de mi carrera, especialista de escenas peligrosas en películas”.

“Pero ahora no puedo practicar esos deportes, soy demasiado viejo. Así que he optado por el golf. Tengo a algunos amigos españoles profesionales de este deporte, entre ellos Valentín Barrios, profesor del campo de La Moraleja; y Manuel Calero, profesor del Prat de Llobregat en Barcelona. La primera vez que jugué Barcelona, Calero fue mi “caddie”, y José María Cañizares fue mi “caddie” en Madrid. Conozco a Manuel Piñero, a Emilio Rodríguez. Y a Severiano Ballesteros. Tengo dos fotografías dedicadas de él. Una dice: “Para mi amigo Christopher Lee, con un fuerte abrazo”. La segunda: “A Christopher, con los mejores deseos de su amigo...”. He jugado muchas veces con él en Estados Unidos, Reino Unido, Austria, España y en muchos otros países”  (Antonio García-Rayo).