Martes, 12 Agosto 2014 10:29

Muere Robin Williams

Valora este artículo
(0 votos)

La felicidad no la otorga, al menos exclusivamente, el dinero o la popularidad. Ahí tenemos el ejemplo de Robin Williams, el genial intérprete norteamericano al que acaban de encontrarlo muerto –según todos los indicios por suicidio– en su casa de San Francisco. No es el único caso, ni siquiera en Hollywood. El centro del cine mundial, allí donde la mayoría de mortales quisieran existir (a ser posible triunfantes), ha llevado a muchos de sus habitantes célebres, como Williams, a la muerte por suicidio. ¿Quién puede ahora “viajar más allá de los sueños”, como él lo hizo en la ficción de la película de Vincent Ward, a preguntarle porqué lo hizo?

Es una lástima en el caso de este versátil actor con el que quisieron trabajar cineastas como Steven Spielberg (“Hook, el Capitán Garfio”, 1992), Chris Columbus (“Señora Doubtfire, papá de por vida”, 1993), Francis Ford Coppola (“Jack”, 1996), Mike Nichols  (“Una jaula de grillos”, 1996), Woody Allen (“Desmontando a Harry”, 1997) o Christopher Nolan (“Insomnio”, 2002). Aunque sus mayores éxitos los filmó con Peter Weir (“El club de los poetas muertos”, 1989), Joe Johnston (“Jumanji”, 1995) y Gus Van Sant (“El indomable Will Hunting”, 1997), a las que hay que sumar la de Spielberg y Columbus.

En la última citada obtuvo su único Oscar (secundario), con el papel de un psicólogo que trata los problemas de  un joven violento, pero superdotado en matemáticas, que interpreta Matt Damon, por cierto en el papel que lo lanzó al estrellato. A Williams, lo proyectó un maestro del cine como Robert Altman, vistiéndolo de Popeye en la película homónima que rodó en 1980, cuando el actor tenía 29 años. Otra interpretación memorable suya (aunque casi todas lo fueron) fue la que hizo al lado de Robert de Niro y bajo la dirección de Penny Marshall en “Despertares” (1990).



También en el traje de un doctor, así mismo encargado de curar enfermedades neuróticas. Y su paciente De Niro. William confesaba entonces que estos papeles le motivaban, “Ya que la gente cree que sirvo solamente para provocar la carcajada. Marshall me dio el guión en Los Ángeles, y de regreso a San Francisco lo fui leyendo en el avión. Y me impresionó tanto que comencé a llorar. Me pasó dos veces: la persona que iba junto a mí pensó que me había dado un ataque de nervios”.

Pero es verdad, el gran público lo tenía situado en la comedia sardónica o ligera, con tintes a veces de aventura. Como ejemplos, “Señora Doubtfire: papá de por vida” o “Jumanji”. Sobre esta última comentó que lo que le encantaba del guión era “La combinación de aventuras y fantasía infantil, especialmente el viaje que realiza mi personaje, que interrumpe mi infancia y luego me envía de modo abrupto y a la realidad.

Es curioso que fuese el director de “El club de los poetas muertos” quien definiese mejor que nadie la hilaridad de Williams. “Puede provocar una carcajada con un gesto o con una palabra o frase suelta, lo cual –dice Weir– no le impide ser un maestro. Ese alcance del humor en pequeña escala que produce una sonrisa en la cara del espectador durante la mayor parte de mi película, es algo único de Robin”.

Tres años antes de que el cineasta australiano lo llamase para su película, Spielberg ya lo había definido como “Showman excepcional. Entre combate y combate de mi película, Williams mantuvo al reparto y al equipo entretenido con sus locos rasgos de humor e improvisación cómica”. También durante la filmación de “Hook, el Capitán Garfio” ofreció algunos detalles sobre su vida que ahora, tras el probable suicidio, vienen a mostrarnos algo de la otra cara de Williams: “Mi personaje en esta película me recordaba que debía encontrar una verdadera conexión con mis hijos. Nuestro tiempo con ellos es precioso y se va muy deprisa”.

“Es en esos momentos de la niñez y la infancia -sigue diciéndonos- cuando puedes descubrir que ser un adulto y un niño al mismo tiempo puede ser maravilloso. Yo fui hijo único y me pasé la mayor parte de mi propia niñez esperando los pocos momentos que mi padre podía dedicarme. Era un ejecutivo de automóviles que siempre estaba fuera, ganando mucho dinero para nosotros, y no podía estar en casa todo lo que él quería (eso nos decía). Así que conozco esa sensación de pérdida que debe haber sentido. Yo he intentado hacer las cosas mejor para mis propios hijos. No me he olvidado que estaban experimentado la niñez y que yo quería estar ahí para vivirla”.

Incluso para una película tan dramática y teológica como “Más allá de los sueños” (1998), su director, Vincent Ward, no tuvo ninguna duda para ofrecerle el papel principal, angustiado como pocos: “Robin –exclama el cineasta– llena de humanidad a todos los personajes que interpreta. No solo les da ese toque de humor propio de él, sino que sabe transmitir el dolor, la tristeza, la angustia como pocos. Y cuando lo ha hecho, vuelve a ser el Robin cómico que todos conocemos. En mi película, entre toma y toma, a los más de 300 extras que había, que estaban por cierto bastante aburridos, les dedicaba un número cómico para hacerles pasar el tiempo y tenerlos entretenidos”.

Es una lástima que lo que él hacía para los demás, no pudo utilizarlo para sí mismo. Y salvarse. En la depresión que le atormentaba desde hacía tiempo, no halló ningún Robin Williams de su talante para cambiarle el rumbo a su radical y estúpida decisión. A la espera de ver sus últimos trabajos (“The Angriest Man in Brooklyn” de Phil Alden Robinson, “Merry Friggin’ Christmas” de Tristram Shapeero, “Night at the Museum: Secret of the Tomb” de Shawn Levy y “Absolutely Anything” de Terry Jones), nos quedamos con el recuerdo de los citados, memorables proclamas –que incoherencia– para fortalecer y animar a vivir.