Viernes, 08 Noviembre 2013 11:00

Muere la protagonista de “El clavo” y de “Eloísa está debajo de un almendro”

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Nació un 11 de febrero de 1925 en Madrid, y fue bautizada con un nombre casi kilométrico e insólito: Amparo Virgen de los Desamparados Rivelles Ladrón de Guevara.  Le colgaban dos apellidos ilustres: Rivelles por su padre, Rafael –la flor  de la interpretación masculina en la mitad del siglo XX–, y Ladrón de Guevara por su madre, María Fernanda –la nata de esa misma interpretación, aunque en femenino y en el mismo periodo–.

Con Amparito se le conoció hasta que fijó su residencia en México D.F, país en el que cimentó su popularidad y aumentó, más aún si cabe, la condición de estrella que ya tenía en España y en toda Hispanoamérica. Su primer triunfo cinematográfico le llegó con “Malvaloca”, con Luis Marquina, en 1942, y continuó con aquel cine español de CIFESA –comedias y dramas sobre todo– que tanto agradaban al régimen franquista y a la España de ese periodo.

Nos referimos a “Deliciosamente tontos” (Juan de Orduña, 1943), “Eloísa está debajo de un almendro” (Rafael Gil, 1943), “El clavo” (Rafael Gil, 1944), “Eugenia de Montijo (José López Rubio en 1944),  “La Duquesa de Benamejí” (Luis Lucia, 1947), “La fe” (Rafael Gil, 1947) o “La Leona de Castilla” (Orduña en 1949). ¡Fueron papeles memorables!

El crítico y periodista Luis Gómez Mesa, dijo de ella que fue “La intérprete más admirada del cine español a lo largo de dos décadas, la más popular y la que todos los directores querían dirigir”. Otro periodista cinematográfico, Isaac Hernández, la dibujaba así: “Alta, cimbreña, elástica; sin estereotipia en la comisura de los labios. Habla sin prisas, con expresión inteligente, no exenta de gracia madrileña y tiene una pose aristocrática que no parece aprendida, sino ingénita. Juega un poco a la despreocupación, otro poquito a hacer frases definitivas y un poquito también a ser sentenciosa y ocurrente”.

Fue la actriz cinematográfica española más importante hasta la llegada de Sarita Montiel, con la que compartirá trono durante algunos años. Aunque esta nunca le hizo sombra como actriz de teatro. Con su compañía, demostró ser una de las más grandes protagonistas de la lengua hispana de la época, primero en España y después en México –aquí la convirtieron en Diosa–, desde donde saltará a toda Hispanoamérica con sus comedias y sus dramas, ya con el nombre de Amparo Rivelles.

Luego llegaría la Amparo de los setenta (con el doña delante, por respeto, por categoría), a su regreso a España para trabajar con Pedro Masó en “La coquito” (1977), obra nada relevante. En 1987 recibe el Goya de interpretación por su papel de Laura en la película de José Luis García Sánchez, “Hay que deshacer la casa”. Fue un reconocimiento a su carrera, a su prestigio, a su categoría.

En unas declaraciones realizadas a Isaac Hernández le aseguraba que “Tanto el teatro como el cine me encantan. Son completamente distintos. Me gusta más hacer cine. Reconozco que el calor del público y el triunfo son más directos en éste que en aquél, y desde luego más difícil es hacer teatro”.

Amparito Rivelles medía por esos años de popularidad 1,60 metros, pesaba 60 kilos y –los que la conocían– decían que era alegre y sincera. Le gustaba viajar y leer novelas policiacas. Y sus directores favoritos eran José Luis Sáenz de Heredia, Rafael Gil y Florián Rey. Quien quiera disfrutar de algunas de sus interpretaciones pueden verla en los DVD vídeo que Divisa y AGR sacó en 2009.