Viernes, 12 Junio 2015 08:11

Mis vivencias con Christopher Lee, el Conde Dracula y Darth Tyranus

Valora este artículo
(0 votos)

Ha muerto Christopher Lee. ¿O ha muerto Drácula? ¿El Drácula de la Hammer, el de Terence Fisher, el de Jesús Franco, el de Alan Gibson? Ha muerto Christopher Lee, aunque los titulares –qué remedio– ensalzarán su figura del Vampiro por excelencia. Y no es una frase gratuita. Es la verdad. Porque el que encarnó Bela Lugosi, con todos mis respetos, por primera vez, para la Universal en los años treinta (el primero en aparecer en la pantalla), hoy tiene tufillos de senectud. Y es que el tiempo no pasa en balde. Tal vez dentro de 50 años, el Drácula de Lee también dé algo de risa. Aunque creo que ninguno de los que han salido tras el que interpretó para Fisher en 1958, le ha hecho sombra. Ni ha dado más miedo.

En los años ochenta, cuando lo entrevisté por primera vez, le pregunté si le daba miedo protagonizar ese personaje. “¡Qué va -me contestó-! Es divertido. Solo es cansado, por la cantidad de tiempo que hay que pasar en maquillaje”. Más tarde, cuando nos hicimos amigos, y conocía la fobia de su hija por las películas de terror, le volví a preguntar por ese miedo, pero el de la hija. “No, no siente miedo. La he llevado al plató para que me vea actuar, y así comprenda que se trata de una farsa, de pura actuación”. Pero fuera farsa o pura actuación, lo cierto es quien lo veía en algún lugar  público o se lo encontraba en el ascensor, le impresionaba (“Un día subió conmigo una señora mayor, en Madrid, y se tuvo que bajar antes de lo previsto. Íbamos solos. Tenía una cara de horror que me daba lástima”).



Pero Christopher Frank Carandini Lee, que nos deja con 93 años y 11 días, no era un ser malvado y ávido de sangre, sino un caballero inglés intachable al que le gustaba la buena mesa, jugar al golf y disfrutar de la buena vida con sus amigos. Además, amaba como pocos su profesión de actor. “Moriré con las botas puestas, si no surge algún percance”, me dijo en broma el día que nos conocimos por primera vez: durante el Festival de Sitges de 1985, el año en que él y yo estuvimos de jurado en el mismo. Fue el año en que ganó “Terciopelo azul”, la película de David Lynch cuyos valores  no entendieron ni supieron ver una buena parte del resto del jurado. Al final, ambos luchamos para que la película del cineasta de Missoula, en Montana, saliera triunfadora. Desde entonces nos hicimos amigos.

Un año después volvimos a coincidir como jurados en otro festival, también de terror y fantasía: la Séptima Mostra del Fantastico en Roma. En ella estaban de jurados, entre otros, Richard Lester, Michael Carreras y Rutger Hauer. Me asaltan ahora, cuando me entero de su fallecimiento, muchos recuerdos de aquella semana fantástica romana en la que el mundo de la cinematografía italiano se volcó para agasajarnos. Algo que les gustaba a Chris (como ya le llamaba) y a Lester. En realidad, éste era casi un Dios en una tierra de Dioses. Y yo, entre medias, disfrutando de los agasajos, de las confidencias y experiencias que se contaban unos a otros.

No es el momento de hablar ahora de cuanto guardo de mi amistad con el actor que protagonizó la abultada cifra de 281 películas, siendo fiel a su promesa de permanecer hasta el último momento trabajando. Bueno, 280 si no contamos la que estaba preparando con Xavier Nemo (“The 11th”) y que debía estar lista para 2016. “Angels in Notting Hill”, dirigido por Michael Pakleppa, una historia de ir por casa, entre la comedia y la fantasía, se estrenará, si no lo ha hecho ya, por estos días en el Reino Unido, país en donde había nacido Chris un 27 de mayo de 1929, concretamente en Belgravia, un suburbio de Londres.

Yo no juego al golf, pero una de las entrevistas que le hice fue entre hoyo y hoyo en el campo madrileño de La Moraleja. La ampliamos durante una comida. ¡Las comidas! Fui testigo, en muchos almuerzos y cenas, de cómo la gente llegaba a él para felicitarlo y pedirle su autógrafo, casi siempre en una servilleta de papel improvisada, que pedían con urgencia a los camareros. Recuerdo una noche, en que Chris con su mujer y yo con la mía, fuimos a cenar en el desaparecido restaurante Izamar de San Sebastián de los Reyes. Era sábado y estaba lleno. Cuando lo vieron entrar, un murmullo in crescendo surgió del comedor. Nos sentamos. Nos trajeron el menú, y antes de que nos diera tiempo a pedir los platos respectivos, empezó a llegar gente de otras mesas a saludarlo y a pedirle un autógrafo. Lo de siempre. Chris, cual caballero inglés, de trato educado y amabilidad desbordada, dio manos y autógrafos a cuantos se lo pidieron. Cuando la cola terminó, y la gente se sentó, el restaurante estalló en una estruendosa ovación en señal de agradecimiento. Luego, pudimos cenar.

Además de jugar al golf, otra de sus aficiones era coleccionar objetos relacionados con la primera y la segunda guerra mundial (creo que después extendió esa afición a más guerras). Me nombró su “corresponsal” en España, y durante bastante tiempo estuve comprándole  en el Rastro y tiendas de coleccionismo, medallas, condecoraciones y documentos de todo tipo, así como un sin fin de piezas relacionadas con su afición, que él sabía agradecerme con llamadas telefónicas y cartas. Cuando George Lucas lo eligió para interpretar al Conde Dooku en “Star Wars: Episodio II. El ataque de los clones” (2002) me llamó para decirme: “Ves, otra vez haciendo de Malo”. Pero esta vez era un Malo distinto, un Malo con mayúscula que le permitiría pasar a la posteridad no solo como el Conde Drácula por excelencia, sino también por el Darth Tyranus en dos episodios de la saga que tiene enganchado a medio mundo desde 1977.

Pero son muchos más los personajes que el público ha memorizado de él (el malvado Rochefort, sin ir más lejos, de los dos episodios sobre “Los tres mosqueteros” que dirigió Richard Lester en 1973 y 1974 en España), a parte de los citados. Pero ya hablaremos de ello en otra ocasión; y dejaré que sea él quien nos cuente anécdotas y vivencias propias. Ahora, solo quiero recordar a ese Chris amigo y lleno de pasión por su trabajo.  (AGR)