Jueves, 11 Septiembre 2014 12:11

“La tía Tula” sigue viva y espléndida después de cumplir 50 años

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El 21 de septiembre de 1964, y tras alzarse con el Premio San Sebastián en el festival donostiarra de aquel año, se estrenaba en salas comerciales una de las 10 mejores películas de la Historia del Cine Español: “La tía Tula”, ópera prima de Miguel Picazo, un cineasta jienense (había nacido en Cazorla en 1927) que tenía en ese momento 37 años. Y lo hacía en el madrileño cine Lope de Vega, donde ininterrumpidamente estuvo 28 días en cartelera. El estreno de la película casi coincidió con la fecha del centenario del nacimiento de Miguel de Unamuno –29 de septiembre de 1864–, autor de la novela en que se basa la película.

“La tía Tula” fue una aventura muy arriesgada de una serie de productores novatos (José López Moreno, Francisco Molero, Nino Quevedo y Juan Miguel Lamet) integrados en la marca ECO Films y Surco Films y de este director, igualmente amateur, que solo tenía en su haber un cortometraje: “Habitación de alquiler”, rodado cuatro años antes. La historia estaba basada en el libro homónimo que Miguel de Unamuno había escrito en 1920, a la edad de 56 años.

Pues bien, en 1964, y por primera vez, se llevó al cine con un guión primoroso (en cuanto a su representación secuencial y al análisis de la obra unamuniana) escrito por José Miguel Hernán, Luis S. Enciso, Manuel López Yubero y el propio Picazo. Y si importante respecto a los resultados fueron el trabajo de dirección y la síntesis que hacen del libro los guionistas, no es menos importante la labor del experimentado operador Juan Julio Baena, gracias al cual el mundo que retrata tan prodigiosamente bien en su novela el autor bilbaíno, es ofrecido a través de una fotografía naturalista en blanco y negro, con claro-oscuros expresionistas y una luz velazqueña y ribereña. Para rizar el rizo, los decorados de Luis Argüello Ballester.

Y si importante es la labor de todos los citados, lo es igualmente la interpretación que hicieron todos los actores que intervienen en la película: desde Aurora Bautista (soberbia en el papel de la Tía Tula) hasta Irene Gutiérrez Caba (ídem en el papel de Herminia), pasando por Carlos Estrada en el de Ramiro, Laly Soldevilla en el de Amalita, Enriqueta Carballeira, Paloma Lorena, Paul Ellis, José María Prada o la del niño Carlos Sánchez Jiménez, que encabezaban el reparto de un elenco de 20 actorazos.

Corrían los años sesenta, una época en la que va a surgir un nuevo cine español que se rebelará contra la industria cinematográfica imperante en ese tiempo, en donde, junto a Picazo, encontramos igualmente a Basilio Martín Patino, Carlos Saura, Manuel Summers, Jorge Grau, Pedro Balañá, Mario Camus, Angelino Fons, Francisco Regueiro, Vicente Aranda, Antonio Eceiza, Julio Diamante, Javier Aguirre y Antonio Ribas.

Muchos de ellos habían estudiado en la Escuela Oficial de Cinematografía, un centro que por ese tiempo se beneficiaba de una apertura política (y por lo tanto temática) favorecida por el entonces Director General de Cinematografía José María García Escudero, nombrado para el cargo por Manuel Fraga, que en esas fechas era Ministro de Información y Turismo.

“Pocas de nuestras películas pueden ofrecer, como ésta, un planteamiento más directo y fundamental de lo español en el cine de España”, escribía el historiador Manuel Villegas López en su esencial librito “Nuevo cine español”, editado por el Festival de San Sebastián en 1967. Y seguía diciendo “La tía Tula” pudiera servir de arquetipo y de modelo para trazar los cimientos de un cine españolista, de máximo alcance por su propio significado”.

Aunque está ambientada en los años en que se escribió la novela, Picazo coloca a sus personajes en los años sesenta del pasado siglo (que en muchos lugares de España poco habían cambiado desde el lejano 1920 en que se editó el libro). Él mismo nos lo cuenta así: “Desde el principio vi al personaje en época actual, pues he vivido en provincias y sé muy bien que en el plano de las relaciones humanas, y dentro de una aparente normalidad, existen condicionamientos a un orden de valores morales, religiosos, éticos, etc. que determinan a los personajes a comportarse en la convivencia de una forma totalmente absurda en el siglo XX”.

“Lo terrible de Tula –sigue diciendo el cineasta–, no es que ella sea víctima de una sociedad ridícula, sino que a su vez ella perjudica al prójimo. Es una mujer, nada más y nada menos, pero se trata de una mujer española. No es un monstruo, es una mujer que mira a través de un prisma particular sus relaciones con el hombre. Tula es una mujer que no quiere casarse”.

“La tía Tula obtuvo varios premios nacionales, entre ellos el del Sindicato Nacional del Espectáculo a Aurora Bautista, y los que le dieron el décimo quinto Festival de San Sebastián: la Concha de Plata a la mejor dirección y la Perla del Cantábrico a la mejor película. Además, el Círculo de Escritores Cinematográficos le sumo otros cinco: a la mejor película, mejor dirección, mejor actor secundario en la persona de José María Prada, mejor actriz secundaria en el de Enriqueta Carballeira y a Luis Argüello por sus decorados.

Es verdad que “La tía Tula” es una película en la que prácticamente destacan todos los intérpretes y técnicos (y por supuesto la música de Antonio Pérez Olea), pero es Aurora Bautista la que con más fuerza llega al público por su vibrante y atormentada interpretación. La protagonista de “Locura de amor” (1948) y “Agustina de Aragón” (1950), ambas dirigidas por Juan de Orduña, ofrece los mejores registros dramáticos de su carrera en el papel de Tula.

“La heredera legítima de nuestra mejores trágicas (desde María Guerrero a Margarita Xingú)”, la condecora Villegas López en la obra citada. Y añade: “Pero lo que siempre ha necesitado ha sido un gran director. Quizá en ningún otro aspecto profesional, Picazo revela su maestría y su dominio como en esta dirección, hasta ahora única, de Aurora Bautista. Y la actriz va poniendo sobre el personaje los mil matices sutiles que lo definen desde fuera, para pintarla desde dentro, para llegar a ese mundo de hermetismo, en que se ha atrincherado en el fondo de su alma”.