Lunes, 06 Octubre 2014 09:24

Hace 35 años nacía el mercado videográfico

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Recientemente hemos informado de la celebración del 30 aniversario del nacimiento de FAP (Federación Antipiratería). Hoy nos toca anunciar los 35 del principio de la industria videográfica. No es, ciertamente, un momento para lanzar las campanas al vuelo y hablar de lo bien que está nuestro mercado –que ya no es el de aquel exclusivo VHS de sus inicios–, pero sí queremos recordarlos por lo que han supuesto, en particular, para la industria cinematográfica (y por extensión a la videográfica) y, de modo general, para la economía del país.

Ya, cuando se cumplieron las tres décadas, en 2009, escribimos en TMV 171 lo siguiente: “El aniversario nos pilla bastante maltrechos, por culpa del problema más endémico de toda esta etapa: la piratería”. Desgraciadamente, 15 años después, la piratería sigue con nosotros más fuerte incluso que en aquella etapa.

Ahora, dejados atrás los mercadillos y la “manta” (que ya empezaba a hacer de las suyas por 1999), está presente en forma de webs en internet, con lo que la industria (física, pero también a los circuitos de red: el VOD) se encuentran más que en ninguna otra época contra las cuerdas.
Pero repasemos estos 35 años evocando lo mejor y peor que ha acontecido en ellos. Debemos, sin embargo, reconocer que es una de las más maravillosas historias empresariales que ha vivido nuestro país. Aunque, como decimos, echada a perder por culpa de la piratería y también, por quë no decirlo, de los distintos gobiernos que se han sucedido desde 1990 (culpables de la propagación de esa piratería) y también de la parsimonia de la propia industria.

Esta maravillosa Historia cambió no sólo la manera de ver cine, sino que multiplicó por varios dígitos su negocio. Durante muchos años, la película vista en el hogar, lideró el entretenimiento de las familias de todo el mundo, y gracias a ella se multiplicaron las nóminas de todos los que producían, dirigían, interpretaban, distribuían y exhibían cine (ahora a través de videoclubs y al poco tiempo, también en miles de tiendas y supermercados cuando las películas empezaron a venderse).

Todo comenzó en la última semana de un octubre frío y lluvioso de 1979, en una Barcelona que conmemoraba su décimo séptimo Salón de la Imagen y Sonido (SONIMAG). En él, como en años anteriores, se exponían los últimos avances en la tecnología de los aparatos de audio, televisión y fotografía.

Y escondido en una esquina de la feria, prácticamente arrinconado entre todos los artilugios tecnológicos que estaban expuestos en las decenas de pabellones, se encontraba un pequeño “tenderete” en el que se ofrecía por primera vez en España una “máquina” de vídeo y unos documentales para ver películas en ella.



No era una oferta, sin embargo, para el hogar, sino para las discotecas. Nadie había oído hablar todavía de la palabra vídeo, al menos no desde la perspectiva de una tecnología doméstica. Así que la intención de los pioneros que se encontraban alojados en este pequeño espacio, no era vendérsela a las familias, sino introducirla en las discotecas y salas de fiesta de la época.

Se trataba de un aparato curioso y se llamaba vídeo 2000 –en realidad y en comparación con los actuales (DVD o BD) era un mamotreto por su tamaño, así como por su difícil manejo–, que pesaba menos que cualquier proyector convencional de 35 mm. y tenía más autonomía de uso que cualquiera de los proyectores de 16 y Súper 8 mm. de aquellos años.

Uno de los pioneros de aquella industria –ya jubilado– fue Víctor Manuel Fernández, que llegó a dirigir todo el tinglado de videoclubs y tiendas de venta directa de El Corte Inglés. En mayo de 2003 nos decía lo siguiente: “Cuando me enteré, quise saber enseguida qué era eso del vídeo. Así que me compré un equipo VHS muy pesado, portátil y empecé a llevar gente a mi discoteca, proyectándoles películas y grabaciones de carreras, deportes, etc. Lo hacía para mejorar mi negocio, pero el sector de las discotecas estaba tocado y por eso me tuve que buscar otra cosa”.
Y se la buscó, como muchos otros (que pertenecían a la industria de la electrónica de consumo), en el negocio del vídeo, pero no para exhibirlo en las discotecas, sino en los hogares. Detrás de este pequeño negocio, en aquel otoño de 1979, estaba una marca inglesa (Telejector) que habían franquiciado para España dos navarros, José Furco y Javier Gracia, los cuales, poco después, abandonarían para crear IVS y, con esta marca, mantener el liderazgo, junto con Video España, durante la primera etapa videográfica nacional.

“Logramos un relativo éxito –nos dice Furco–, ya que las empresas que vendían los primeros televisores en color, nos compraron nuestros primitivos magnetoscopios y videopelículas para colocarlas en sus stands de Sonimag con el fin de atraer a los clientes”. Y con este apoyo tan importante implementaron su negocio Telejector y Vídeo España (empresa creada y dirigida por Rafael Bravo Morata, Miguel Sanchiz y Antonio Esteban García), situándose así como pionera del negocio videográfico en nuestro país.

Por entonces, las compañías multinacionales estaban al margen, pues no habían llegado a nuestro mercado. Bastante tenían con poner en Estados Unidos demandas astronómicas –que perdieron– contra las empresas JVC y Sony por desarrollar y vender los primeros Beta y VHS que iban a sustituir a los VCR y 2000 de Philips. En las demandas argumentaban que al pasar las películas de 35 mm. a vídeo, acabaría con el negocio del cine. ¡Quienes les iba a decir –y a todos los productores del mundo– que la llegada del vídeo doméstico iba a multiplicar su facturación de manera exponencial!

Las primeras tiendas para alquilar películas surgieron a principios de los ochenta en Madrid y Barcelona. En la capital abrió el Videoclub de España que pertenecía a Vídeo España que, como era lógico, se había creado para alquilar los primeros títulos que distribuía la editora, entre ellos “La isla del tesoro” de Andrew White, “Tedeum” de Enzo G. Castellari o ”Había una vez un circo” de Enrique Carreras. La otra tienda madrileña se llamaba Vídeo Madrid y pertenecía a Enrique Cerezo (sí, el hoy productor, empresario cinematográfico y Presidente del Atlético de Madrid). En Barcelona, la iniciativa la llevó Vídeo Instan, fundado por Genaro Depares.

“Nos encontramos –nos comenta Esteban García, gerente del Videoclub de España– con que teníamos películas y no podíamos darles salida, pues no había aparatos para reproducirlas”. Así que Bravo Morata, Sanchiz y Esteban García se fueron a Holanda y Alemania a por los gigantescos y ruidosos VCR, ya que aún no había aparecido ni el VHS ni el Beta.

“Hicimos importaciones directas –sigue diciéndonos Esteban García– y empezamos a vendérselos a nuestros potenciales clientes, al mismo tiempo que les ofrecíamos las películas. Montamos una organización de venta por teléfono, dirigida a abogados, ejecutivos, médicos y profesionales de alto poder adquisitivo que eran, a nuestro juicio, quienes podían comprar los aparatos”.

Así comienza el negocio del vídeo. Para 1981, se había disparado de manera exponencial. Y ya no solo vendían películas Telejector y Video España, sino que se habían sumado al nuevo mercado, entre otras, empresas como Argenfot, Aries Film, Intervídeo Española, Iris Color, Major Producciones Vídeo, Play Films, SAV, Rompeolas, Revival o Videostar (todas ellas en Barcelona); y Videotricorp, Cydis Vídeo, Ízaro Films Vídeo, Vídeo Seven, Vídeo Familiar y MCTV, en Madrid. También en provincias surgieron algunas compañías que hicieron fortuna en los años siguientes, como Valfer en Ponferrada (León), Papillón en A Coruña, IVE en Benalmádena y la citada IVS en Pamplona.

El origen de la mayoría de estas compañías no tenía nada que ver con el cine profesional de entonces, sino que pertenecían a empresarios relacionados con el Súper 8 mm. que proliferaba como un excelente negocio de entretenimiento doméstico por aquel tiempo. Un negocio, sin duda, lucrativo pero problemático y, con frecuencia, frustrante para el empresario, ya que las películas, primero en 8 mm. y después en Súper 8 (reforzadas y más seguras), se rompían a los pocos pases si no se tenía la cámara adecuada y no se sabía proyectar con ella.

Y había pocos clientes que sabían hacerlo. Así que las películas regresaban rotas al propietario de la tienda (el distribuidor) y luego –¡qué remedio, pues no había otras!– al siguiente alquilador, porque las películas en este formato de celuloide se alquilaban. Fueron, precisamente, los propietarios de estas tiendas los que se convertirían en los primeros empresarios del vídeo, junto con técnicos de televisión o laboratorios de cine.
En octubre de 1989, Antonio García Rayo (que había sido en esos años pioneros director de la revista profesional VP) escribía lo siguiente: “Para Sonimag 82, el mundo del vídeo había explosionado como una bombona de butano. Cosa curiosa: casi todos los empresarios del sector, a excepción de los que trabajaran en distribuidoras cinematográficas de pequeño formato, surgieron de sectores ajenos a las imágenes movidas”.
Valgan algunos ejemplos: José Furco era ingeniero electrónico, Rafael Bravo Morata técnico de TVE, Emilio Vaiño (Valfer) y Gabriel Moreno Ortega (Intervídeo) vendedores de aparatos electrónicos, Juan Rubí (Videostar), técnico publicitario y Miguel Sanchiz concejal del Partido Popular.
“La inmensa mayoría de los profesionales de la industria cinematográfica española –seguía diciendo AGR–, por el contrario, despreciaron este “advenedizo” sector, al que consideraron un hermano bastardo del cine, sin porvenir”. Con una excepción: Enrique Cerezo, que abandonaría su puesto en TVE y empezaría una carrera en el negocio videográfico que le ha llevado a ser el empresario español más importante del cine y el vídeo actualmente.

En los primeros años del vídeo, el alquiler tenía unas reglas comerciales completamente diferentes a las de ahora: las películas se vendían a los usuarios y éstos se las quedaban o podían cambiarlas por otras. Este sistema lo rompió El Corte Inglés que, a finales de diciembre de 1981, inauguró el primer videoclub en Madrid, utilizando el mismo planteamiento para alquilar que había en el mercado en aquellos momentos: se obligaba al consumidor a comprar las películas por un precio muy alto para la época (unas 12.000 pesetas), y si quería se la podía quedar o bien la podía devolver y cambiarla por otras, con un pago adicional por película. Era una forma de asegurar que, una vez vista, se devolviera.
“La fórmula que se utilizaba en los pocos videoclubs que había –nos dice Fernández– me parecía insatisfactoria. Creo que no se ajustaba a las necesidades y a los deseos de los clientes de El Corte Inglés. Ayudados por el hecho de que ya existía la tarjeta de compra, decidimos que no había ninguna necesidad de obligar a nuestro cliente a comprar una, dos o tres películas. Al ser un cliente de confianza, decidimos comenzar a ejercer el alquiler puro y duro. Fue tal el éxito, que inmediatamente tuvimos que plantearnos extenderlo a otros centros”.

El negocio, como señala el responsable de los videoclubs de El Corte Inglés de esos años (a principios de los ochenta se transformaron en espacios de venta directa exclusivamente) era redondo, tanto para el videoclub como para la distribuidora. Los precios que tenía que pagar el cliente eran muy altos. Pero no protestaba.

Por el contrario, compraba sin rechistar y contento las películas “a toneladas”, porque era la novedad de aquellos tiempos en los que los españoles empezaban a disponer de liquidez gracias al dinero de la reconversión industrial y a la financiación que nuestro país estaba recibiendo de la CEE.

Precisamente, muchos propietarios de videoclub surgieron de esa reconversión industrial y de ese dinero venido de Bruselas gracias a nuestra incorporación a la Comunidad Europea. Fueron los años de alquilar películas todas las noches y verlas en uno de los dos sistemas de visionado que se habían instalado en los hogares en aquellos comienzos de la Historia del Vídeo: el Beta (que inicialmente llevó la delantera) y el VHS, quien acabó por imponerse.

Y como no podía ser de otra forma, también a principios de los ochenta surge la primitiva piratería. En realidad, casi todas las películas eran “piratas” o cuanto menos ilegales, pues con la excepción de alguna españolas y europeas, cuyos derechos de emisión habían sido adquiridos a sus dueños, el resto y sobre todo las norteamericanas, se estaban transfiriendo desde las copias de celuloide que existían en el mercado.
Copias legales, por supuesto, pero para ser proyectadas en los diferentes formatos cinematográficos de la época: en los cines, cineclubs y hogares (Súper 8 mm.), pero no para sacar reproducciones videográficas. Pero esto es lo que ocurrió al inicio de esta historia que cumple 35 años estos días, ¿Quedan hoy supervivientes de esas fechas? De los pioneros, en el mundo de la producción y distribución, solo Enrique Cerezo que se estrenó con un videoclub señero (Vídeo Madrid, pionero como hemos dicho, junto a Videoclub de España, Vídeo Instan y El Corte Inglés de aquel ocio doméstico que se imponía con el alquiler).

Ya hemos visto en nuestros dos números anteriores los avatares de la piratería en España y que, en cierta forma, es también la historia de este vídeo como mercado del que venimos hablando. Uno y otro han ido, por desgracia, irremisiblemente cogidos de la mano (sería mejor decir que la piratería ha llevado siempre ventaja respecto al mercado legal, como parásito y promotor, en la conciencia ciudadana, del todo gratis que reina hasta hoy mismo).

La transformación de la industria primitiva en otra desarrollada, fue dando lugar a nuevos formatos y nuevas formas de negocio. De aquel VCR y 2000 se pasó a los formatos analógicos Beta y VHS, después intentó erigirse con el timón el Súper VHS y el láser-disco (donde la película se grababa en discos como los de vinilo y envueltos de la misma forma).

A finales de la década de los noventa del siglo pasado se anunció el DVD que iba ser (decían los “expertos”) “el formato definitivo”, además de “irrompible” e “ingrabable” (“¡Adiós a la piratería!” gritó en 1995 en París Warren Lieberfarb, entonces Presidente Mundial de Warner Home Video y propulsor del disco que aún perdura hoy). Pero ni el DVD ni su sucesor, el Blu-ray, han podido con la endémica piratería.

Esta ha proliferado por estos 35 años hasta llegar a las descargas de películas vía internet que ha intensificado aun más la piratería y ha provocado en los últimos 10 años una caída total del mercado, arrastrando en ese caída a su antecesor el cine y ahora también a las industrias del libro, videojuego y música. El mercado videográfico llegó a disponer de más de 12.000 videoclubs en sus mejores tiempos (hasta 1995) y concentró un hato de compañías que superó el centenar, entre las multinacionales y las españolas.

Además abrió las puertas a una forma de hacer negocio, creando el sector del mayorista que ha sido durante estos 35 años el intermediario natural entre la compañía y el videoclub y que hoy lleva el mayor peso de la distribución de alquiler entre esos dos polos. No son mucho 35 años para un mercado, aunque hoy, para el nuestro, nos puedan parecer 300. La tecnología que ha ido surgiendo se ha ido tragando formatos, compañías, modelos comerciales y, por supuesto, profesionales de todo tipo. Unos buenísimos, otros buenos y algunos mejor no acordarse de ellos.

Lo cierto es que el vídeo diseño durante los años noventa del pasado siglo y los primeros cinco de éste, las mejores campañas de márketing que se han creado en España. Campañas que eran copiadas en el extranjero y que daban lugar a cifras exageradas de venta de películas, sobre todo de animación. Por esos años era frecuente que de los mejores títulos de alquiler, los videoclubs absorbieran 60.000 copias, y las tiendas de venta directa sobrepasaran las estimaciones más optimistas: por encima de los dos millones de unidades, como “Titanic” y “El Rey León”.

El negocio era más que lucrativo para Hollywood y para la industria videográfica nacional. España llegó a ocupar pro esos años el cuarto lugar en peso de los ingresos de las compañías estadounidenses, solo por detrás de Reino Unido, Francia y, por supuesto, Estados Unidos. El negocio tan enorme que el vídeo generó en todo el mundo en sus primeros 20 años de vida, dio lugar a que los mercados de películas se transformaran y naciera el American Films Market.

En todos ellos, los distribuidores españoles eran recibidos como clientes de primer rango, ya que pagaban los precios de las películas sin rechistar. Hoy, España, en esos mercados, está por detrás del Benelux, en un puesto que fluctúa entre décimo tercero y décimo quinto. ¡Quién nos lo iba a decir! ¿Pero qué distribuidor español puede pagar hoy el precio tan alto que siguen costando las películas (aunque han bajado bastante) si se las van a encontrar en la red antes incluso de que las estrenen?

“Pero seguimos vivos”, nos decía hace poco Enrique Cerezo. Sí, aunque la inmensa mayoría de los profesionales del mercado han “muerto”, y no sabemos lo que el pasado mañana (del futuro, ni siquiera cercano, se puede hablar) nos depara. ¿Podremos comunicar los 40 primeros años del vídeo, aunque éste se transpire a través de un envoltorio de ondas lumínicas visibles surgidas en la oscuridad de nuestra habitación, como las que ve el personaje de “Her” en la suya, acompañado del sonido de su enamorado “software”? No lo sabemos. Nos conformamos con hablar del hoy que no es poco. Del trigésimo quinto año de vida del “home video” español, cuya curación espera que salga del Senado este mes de octubre.