Lunes, 18 Mayo 2015 07:36

Hace 80 años se estrenaba la primera película de José Luis Sáenz de Heredia, el cineasta amigo de Franco que no quería que le llamasen director franquista

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Hace 80 años comenzaba la carrera profesional de uno de los directores de trayectoria más larga del cine español, y uno de sus pioneros en el cine mudo: José Luis Sáenz de Heredia. Lo hizo en 1935 con una película que sorprendió a la industria de aquellos tiempos, no solo por la agilidad de su puesta en escena, sino porque consiguió una taquilla más que razonable.

La película se llamaba “Patricio miró a una estrella”. Fue rodada en unos incipientes madrileños Estudios Ballesteros (la producción era de Serafín Ballesteros, uno de los propietarios y también el operador), lo que le otorga un “carácter artesanal”, como señala Manuel Rotellar en su libro “Cine español de la República”.

Sin embargo, y gracias al éxito de público, fue suficiente para que la productora Filmófono (una de las grandes del periodo de la República, perteneciente a la familia Urgoiti), se fijara en él para filmar “¿Quién me quiere a mí?” una producción que estaba siendo especialmente conflictiva por las desavenencias entren el autor de la obra, Nemesio Soldevilla (que la quería dirigir) y Luis Buñuel, responsable de Filmófono en temas de rodajes. Al final ganó el ya consagrado cineasta aragonés, al que Urgoiti había contratado tras el éxito de  “Un perro andaluz” (1929) y “La edad de oro” (1930). De esta relación profesional surgió enseguida una amistad entre Sáenz de Heredia y Luis Buñuel.



En mayo de 1979 publiqué en varios medios de comunicación nacionales una entrevista con José Luis Sáenz de Heredia en la que me contaba aquellos momentos críticos de su amistad con Buñuel en plena Guerra Civil. Pero también hablamos de su carrera como cineasta (que acabó en 1972, cuando filma su última película: “Solo ante el Streaking”, aunque viviría todavía 17 años más), así como de su ideología franquista que le llevó a filmar, nada más acabada la Guerra Civil, “Raza” (1942), con un guión de Francisco Franco, vencedor de la contienda.

La confianza con el Dictador y su entorno, le permitió, igualmente, firmar en 1964 el documental “Franco: ese hombre”, con el que se quería transmitir una imagen benévola y tolerante de Franco y su Régimen en los momentos en que se habían desatado las “furias comunistas” por culpa de “Morir en Madrid”, un documental que rueda el francés Frédéric Rossif en 1963, donde se muestra el franquismo en su más cruel realidad: intolerante y opresivo.

Lo que sigue es la entrevista referida (realizada y firmada por Antonio García-Rayo),  tal como apareció en aquellos días de mayo del 79 (con pequeños cambios de estilo y de palabras, que mantienen sin embargo el espíritu original). Llevaba el título siguiente: “Soy y seré franquista”.

Lo he encontrado casi por casualidad, subimos unas escaleras, pasamos a una sala de juntas y nos sentamos en las dos primeras sillas cercanas a la puerta. Se llama José Luis, como tantos otros españoles, pero sólo él se apellida Sáenz de Heredia. De profesión, director de cine. Bajito, pero sin dar esa talla con la que se hubiese salvado de hacer la mili. Llegaría a ser teniente en el ejército nacional durante la Guerra Civil.

Al  quedar  frente  a  frente,  los  dos  nos  miramos.  Él  piensa  (se  le  adivina en  los  ojos):  “Otro  periodista,  una  entrevista  más: ¿qué me pedirá ahora; de qué querrá que hablemos; para qué se la habré concedido?”. Yo pienso: está de mal humor, tiene cara de pocos amigos, su bigote está demasiado recortado: señal de que esto va a acabar mal. La verdad, no sabía por dónde empezar, llevaba mucho tiempo tratando de abordarle, lo sabía lleno de extraños resentimientos contra muchos a la vez, y contra algunos en concreto.

Me empieza hablando de cómo llegó al cine (una forma como otra de romper el hielo): “Por la vía de lo amable –me dice–, me encantaba todo eso de la convivencia con el público. Empecé como actor de teatro, luego escribí algunas cosas divertidas para aficionados y un buen día de 1934, me llama un señor de apellido Ballesteros y me encarga que le haga, primero, un guión, y luego una película que había empezado Fernando Delgado, pero que tras reñir ambos se había quedado a medio acabar”. Por este film cobró 42.000 duros y se llamó “Patricio miró a una estrella”.

Una nueva oportunidad le llega de la mano de un “maestro de ceremonias de excepción” (así nos lo expresa): Luis Buñuel. Acababa el maño de poner una pica en Flandes (más bien en París), o mejor dicho dos (“Un perro andaluz” y “La edad de oro”), cuando Ricardo Urgoiti, que también acababa de crear Filmófono, lo llamó para que se viniera a España a rodar varias películas de talante comercial.

La historia ya se sabe por activa y por pasiva: llegó Buñuel y se hizo cargo de la productora, “Pero no para dirigir – nos dice Sáenz de Heredia–, que eso lo hacíamos nosotros. Buñuel fue en aquellos momentos un jefe de producción como no he visto otro. Yo era falangista y él comunista, pero no había enfrentamientos. Todo lo contrario. En primer lugar, porque no lo exhibíamos en el trabajo, y después, cuando nos reuníamos a tomar una cerveza en algún sitio, nos reíamos un poco de las cosas que decía cada uno. Sin embargo, nos dábamos cuenta que se preveía un conflicto enorme, porque ya existía una tensión y una angustia latente”.

¿Qué hubiese hecho usted –le pregunto– de encontrarse a Buñuel en la trinchera de enfrente? Pues le hubiese dado un abrazo –contesta–. Cuando se trata de personas y afecto, se echa lo demás a un lado”. Pero se da cuenta que eso resultaría francamente difícil: “¡Ojalá se pudiese obrar así en esos momentos! –dice pensativo–. Las guerras las producen razones y no personas”.

¿Tras la Guerra Civil volvió a ver a Buñuel? “Sí. Fuera de España. Primero cuando fui a Cannes a presentar, me parece, que “Faustina”, en 1957, con María Félix. Buñuel era miembro del jurado y todavía no había pisado España desde su marcha en la Guerra Civil. Así que aproveché la ocasión para saludarlo y darle las gracias por haber cooperado a que me sacasen, en la guerra, de una checa en la que me encontraba preso. En cierta manera, me salvó la vida”.

“Pero como era jurado –sigue diciéndonos–, quería mostrarse un poco reacio a conversaciones con realizadores que presentaban películas a competición. Yo mismo tampoco deseaba tener un largo contacto con él, no fuera a ser que creyeran que hablábamos de premios. Por eso nuestro contacto fue breve”.

Años más tarde, llega la gran la oportunidad, mientras Sáenz de Heredia es director de la Escuela Oficial de Cinematografía. Le ofrece una cena a Buñuel para presentarle los alumnos de este centro. “Era la época en que había venido a España a rodar “Viridiana” (1961). Los alumnos de la escuela (Saura, Picazo, Summers, Patino y un largo etcétera) sabían que Buñuel estaba en Madrid y me dijeron que les encantaría conocerle. Así que preparé una cena, en la que les presenté a todos”.

“En la siguiente ocasión que vino a España, lo llevé a ver –pensé que le gustaría– aquellas representaciones que había de coros y danzas de la sección femenina. Pero no le gustó, yo creo que por culpa de la sordera. Lo llevé a un palco, pero no oía bien y nos marchamos”.

¿Qué piensa del cine español actual, de sus antiguos alumnos, concretamente de Carlos Saura? “Me parece un hombre inteligente, pero su cine me pesa. Es pedante y me aburre, como el de Miguel Plcazo”. ¿Y el de Basilio Martín Patino? “Para mí no es cine”. ¿”Canciones para después de una guerra no es cine”? “No, no y no”. ¿La ha visto usted? “No. Vino a visitarme para decirme que iba a hacer una película frívola y musical. También me pidió autorización para utilizar algunas canciones de las que yo grabé con Celia Gámez el año 1941, como aquella «Yola», o «Si fuera chico de Faustina». Se lo di porque era alumno de la escuela, y porque me pareció que iba a hacer algo bueno. Luego las utilizó para hacer un film que no sé si es pseudopolítico o qué”.

Sigo preguntándole, ahora por los realizadores de su generación. “Tenemos demasiados títulos para decir que todo es malo, como ahora se dice de nuestro cine. “Surcos” (1951) de Nieves Conde fue una gran película, “El fantasma de doña Juanita” (1945) de Rafael Gil era una película extraordinaria. Rafael ha hecho muy buenas películas. Igual que César Fernández Ardavín, el benjamín de nuestra generación, que consiguió para España el primer premio de un festival internacional,  pues se trajo el Oso de Oro de Berlin con “El lazarillo de Tormes” (1959”). ¿Y Luis García Berlanga? “iAh, Berlanga! ¡Es un gran director! ¿Y Bardem? “Nada. Es pesado, pertenece al grupo de los pesados. Está clavado en la política y así no se hace cine”.

Sáenz de Heredia ha hecho películas como “La hija de Juan Simón” (1935), “El escándalo” (1943), “Mariona Rebull (1947), “Los ojos dejan huella” (1952), “Todo es posible en Granada” (1954), “Historias de la radio” (1955), “La verbena de la paloma” (1963), “Fray Torero” (1966), “Don erre que erre” (1970) o “Proceso a Jesús” ( 1974). Son películas de distintas opiniones: unas buenas, otras malas, algunas (no mencionadas) pésimas.

Sin embargo, Sáenz de Heredia, hombre que conoce su traba]o como el que enhebra un hilo por una aguja en menos que canta un gallo, pasará a la historia del cine, si Dios y los críticos no lo remedian, como el realizador de dos películas (que antes mencionamos) de tonalidades políticas, aunque él lo niega: “Raza” y “Franco ese hombre”. Y, por lo que sé, tiene en mente producir y dirigir un film sobre José Antonio Primo de Rivera y otro más sobre el Franco muerto, que se llamaría “El último caído”. Aclaramos que ninguna de las dos se hizo.

Pero vayamos por partes: ¿Qué es “Raza” para usted?”, le pregunto. “Es un acontecimiento importante –afirma rotundo–, más que por la película en sí, por ser una de las pocas cosas que se han hecho, en el terreno cinematográfico, sobre nuestra guerra civil”. ¿Qué opinión tiene de su película desde la perspectiva actual? “Bueno, tendría que verla ahora; hace mucho tiempo que no la veo. Yo, además, no veo mis películas después de filmarlas, porque me duele hacerlo, como creo que le debe pasar a todos los que hacemos cine. En el aspecto político, la vería un poco como el juicio del cine que se acercó a nuestra contienda. Es como las «Cuevas de Altamira» de lo nuestro. Nada más”.

¿Y “Franco, ese hombre”? “Es un apunte biográfico sobre una serie de cosas de un señor que ha tenido una ejecutoria excepcional en su vida, que ha hecho una serie de cosas tan importantes como ser general a los 33 años. Es, también, mis pequeñas experiencias personales a su lado. Yo no he enviado ningún mensaje con este film, ni en toda la película se dice: «Así se debe juzgar la figura de Franco». No, se dice: «La figura de Franco fue así: usted juzgue lo que quiera». Nunca llegué a ver la película en compañía de Franco. Como ocurrió con “Raza”, pero sé que le gustó mucho. Incluso me dieron la Gran Cruz del Mérito Civil”.

Según tengo entendido, prepara usted una nueva película... “La preparaba, sí: “El último caído”. Se refiere a Franco, quien es el “último caído”, aunque sea en la cama de un hospital. Pero como los acontecimientos que han venido después de su muerte van tan rápidos, han influido negativamente en su preparación y quizá rodaje. Me he encontrado, con dolor de mi alma, muchas deserciones, tan hirientes, tan grandes, tan ostentosas que, verdaderamente, algunas de ellas han contribuido a llevarme a la U.V.I. del hospital, donde he estado dos veces por culpa de sendas trombosis debidas a estos disgustos tan gordos”.

¿A qué tipo de deserciones se refiere? “Cuando me refiero a deserciones, no me refiero a las económicas, sino a presencias, a formar parte de la película, a dar testimonio en ella –golpea con fuerza en la mesa para recalcar cada palabra, cada frase– de la figura de Franco; es decir, prestarse con su persona a hacer lo mismo que tú me estás haciendo a mí, por ejemplo”.            

¿Qué piensa cuando le dicen que es el representante cinematográfico del franquisrno? “Eso no me hiere nada –responde–, porque con el Régimen me sentía muy identificado. Pero no es verdad. Yo sigo admirando a Franco, pero he hecho cincuenta películas y, de ellas, sólo dos tienen un cierto contacto con algo político. Por eso me dicen que soy el cineasta del Régimen, un director de cine político”.

“Bueno –añade–, a alguien hay que colgarle una asignación que, repito, no me hiere nada, aunque me parece estúpida. A mí, que me llamen franquista, me parece lógico, porque lo soy, lo he sido y lo seguiré siendo. Pero que me digan que soy un director polémico porque mi cine es políticamente polémico, me parece tonto, barato y, además, de mala información. Es un poco triste que uno lleve casi 50 años de profesión, y que en la Democracia sea ignorado como director de películas del estilo de “Todo es posible en Granada”, “Los ojos dejan huella”, “El escándalo” o “Historias de la radio”.

A propósito, ¿qué le parecen los políticos de la Democracia? Por ejemplo, Adolfo Suárez. “¡Bah, bah, bah! ¡Fatal! Todos los que no son consecuentes con su modo de ser, me caen fatal”. ¿Conoció personalmente a Suárez? “Hablé con él una vez en mi vida, cuando era jefe de INTUR, una rama del INI. Yo tenía un problema con unos terrenos en Torremolinos, donde se había empezado a construir un hotel. Los ingleses me hicieron la pirula y me dejaron tirado y metido en un lío muy gordo. Por eso fui a ver al presidente del INTUR. Pero no me recibía (aún no había muerto Franco). Intenté verle, pero no había forma de que me recibiera, por lo que tuve que valerme de Fernando Fuertes de Villavicencio, que era el Vicepresidente del Gobierno. Así sí me recibió”.

“Y lo hizo –sigue diciéndonos– con esa misma sonrisa de dentífrico que tenía, un tanto generalizada, tan simpática. En fin, entré y le dije: «Mire usted, vengo a hablarle de tal asunto». «Hombre –me contestó Suárez–, no me hables de usted que somos camaradas». «Ah, bueno –le dije–, pues vamos a hablarnos de tú ... ».

“¡Camaradas! (se echa a reír). ¿En qué lo somos? No comprendo cómo siendo camaradas pueda actuar de esa manera. Vamos, yo entiendo la Falange de otra manera a como la entiende él. Y Suárez ha sido de los falangistas acérrimos, aunque ahora se tiña de lo que le convenga. Es de los que si se quedan calvos llevarían peluquín. Y yo estoy calvo, pero con la frente muy alta”. ¿Y de Felipe González qué opina? “Me parece más integro y más sincero”. ¿Y Santiago Carrillo? “Odioso personaje. ¡Ese ahora dice que no es comunista!”

Salvo a Buñuel, un poco Felipe González y aquellas ideas y hombres en los que cree (ahora en minoría en España), no salva a casi nadie. José Luis Sáenz de Heredia, persona sencilla, consecuente con sus ideas, sincero en el hablar y odiando casi todo, me da la mano y se despide. Moriría el 4 de noviembre de 1992 en Madrid (ciudad donde había nacido), con 81 años.