Qué haría yo sin mis tebeos

Si soy ya poca cosa rodeado de libros y de cómics, atrincherado dentro de mi cada vez más ingobernable biblioteca, imagínense ustedes qué tipo de microbio imperceptible sería el que suscribe si no me acompañasen a todas horas, brindándome sosiego, refugio y protección, mis más queridos fetiches, o sea, mis tebeos. Si hay una revista en nuestro país donde el fetichismo, en este caso cinematográfico, se erige en absoluto protagonista, ésa es AGR, de modo que no desentono al escribir en sus páginas estas líneas de devoción enfermiza hacia el noveno arte, representado aquí por los viejos tebeos españoles de hace más de medio siglo, con aquellas entrañables portadas a todo color y en formato apaisado que nos hicieron soñar a los niños de entonces con tanta o más intensidad con que hacen soñar ahora a nuestros hijos y nietos las más sofisticadas videoconsolas.

Como hablar de AGR y de su propietario y director, Antonio García-Rayo, es hablar de cine, empiezo diciendo que los grandes éxitos cinematográficos se adaptaron pronto en viñetas. Así, en la colección de maravillosas portadas que ilustran este artículo, suministradas por el infatigable Lucio Román -a quien conozco y aprecio desde hace treinta y cinco años, cuando el mundo era joven y él vendía tebeos en el Rastro madrileño-, puede verse cómo algunas películas celebérrimas de los años 30 del siglo pasado se tradujeron al “arte secuenciado” (que diría Will Eisner) de los cómics. Filmes inolvidables como Las Cruzadas (de Cecil B. DeMille, 1935, con guión del gran historiador y novelista Harold Lamb), La llamada de la selva (de William A. Wellman, 1935, basada en la novela de Jack London), La hija del Dragón (que no es otra que Fah-Lo-Sue, la hija de Fu-Manchú, el perverso oriental inventado por Sax Rohmer; la película la dirigió Lloyd Corrigan en 1931), El hijo de Kong (1933, secuela de King Kong dirigida por uno de los dos directores de la película nodriza, Ernest B. Schoedsack), El pequeño Lord (de John Cromwell, 1936, con Freddie Bartholomew, inspirada en la novela homónima de Frances Hodgson Burnett, de 1886, publicada en España por Molino), El signo de la cruz (otra de Cecil B. DeMille, esta vez de 1932, con Fredric March y Claudette Colbert) u Horizontes perdidos (de Frank Capra, 1937, traducida en dibujos por Jesús Blasco, indiscutible rey de la historieta patria y creador de Cuto, el adolescente del flequillo que se asomó a la gloria desde las páginas de Chicos, la mejor revista española de cómics de todos los tiempos).

Dejando atrás el cine y centrándome de lleno en los tebeos, permítanme que me ponga sentimental, que es lo que creo que se debe hacer en estos casos. Díganme ustedes qué sería de mí, qué haría yo, por poner un ejemplo, sin El Hombre Enmascarado, creado en 1936 y en las páginas de los periódicos americanos con el rótulo de The Phantom por Lee Falk y Ray Moore entre brumas expresionistas, y conducido a partir de 1949 por Wilson McCoy a un minimalismo gráfico delicioso e inconfundible. Qué haría yo sin Mickey, el ratón inventado por Walt Disney y Ub Iwerks y trasladado al mundo de los cómics por Floyd Gottfredson, y sin su novia Minnie, tan pizpireta ella, tan sensible, tan femenina; cuando hablo de Mickey y de Minnie, estoy hablando de dos de mis personajes favoritos y de dos iconos de alcance universal que han dejado la huella de su grafismo en todos los rincones del planeta. Qué sería de mí sin Flash Gordon, el héroe rubio de Alex Raymond que vería su luz primera en 1934, y, sobre todo, qué sería de mí sin su preciosa novia, la morena Dale Arden, la criatura más sexy de los tebeos, permanente protagonista de nuestros deseos más recónditos; y sin el profesor Zarkov, qué caramba, que tampoco era manco (aunque no nos gustase ni la décima parte que Dale), con su barba de sabio y sus generosas entradas y su barriguita cervecera. (Recuerden cómo esa tríada heroica, compuesta por Flash, Dale y Zarkov, se convertiría, por obra y gracia del dibujante valenciano José Sanchis, en el gatito Pumby, su también felina novia Blanquita y el profesor Chivete, de imborrable memoria.)

Qué haría yo sin las aventuras de Jorge y Fernando, de la Patrulla del Marfil, una serie creada en 1928 por Lyman Young (hermano mayor de Chic Young, el creador de Blondie) con el título original de Tim Tyler’s Luck. Qué haría yo sin el Agente Secreto X-9, que tuvo el gran honor de contar con Dashiell Hammett como guionista y con Alex Raymond como dibujante allá por los primeros años treinta del siglo XX, cuando florecían películas de gángsters como Scarface (1932), ese prodigio fílmico de Howard Hawks. Qué haría sin Mandrake, rebautizado como Merlín, el rey de la magia en nuestros pagos, un prestidigitador vestido de etiqueta y empeñado en hacer justicia a cualquier precio, acompañado de su fiel Lothar, un negro colosal, y de la dulce y elegante Narda, su novia eterna; debemos ese trío al ya citado Lee Falk y a los mágicos lápices de Phil Davis, a partir de 1934.

Qué sería de mí sin Juan Centella, el tosco gigantón que había nacido como Dick Fulmine en la Italia mussoliniana y que triunfó en nuestros congelados años cuarenta, entre gasógenos y chicas topolino de medias con costura y ojitos almendrados. Qué sería de mí sin dos personajes autóctonos, tan raciales como el Gran Capitán, Agustina de Aragón, Isabel la Católica y Hernán Cortés juntos, que pasearon sus hazañas a lo largo de más de mil cien cuadernos publicados por la benemérita Editorial Valenciana: me estoy refiriendo a Roberto Alcázar, el intrépido aventurero español, y a su inseparable Pedrín; tengo anclada en el puerto del recuerdo la saga que protagonizaron contra Svimtus, el Hombre Diabólico (cuadernos 94 a 120), quizá el punto culminante, desde un punto de vista tanto plástico como argumental, de sus hazañas, dibujadas por el inefable Vañó. Qué haría yo, para terminar esta breve letanía, sin El Capitán Coraje, la folletinesca serie que catapultó a Iranzo al Olimpo de las viñetas, antes incluso de la aparición de El Cachorro, su más emblemática creación o, por lo menos, la más larga.
Qué haría yo –ahora completamente en serio, sin enfatizar ni exagerar un ápice– sin esos tebeos que me proporcionaron, y que me siguen procurando, el aire que respiro, el fuego donde calentarme cuando hace frío dentro del alma, el agua que me limpia de los lodos del existir diario, la tierra que me da cobijo y guarida frente a las inclemencias del exterior. Lo dije en un poema: si no existiesen los tebeos, ¿qué haría yo, qué sería de mí? E intenté responderme a base de formular nuevas preguntas, como hace uno cuando quiere buscar una respuesta más o menos veraz:

¿Buscaría el amor?, ¿pelearía
con una espada por un territorio?,
¿marcaría ganado en las praderas
infinitas del Middle West?,
¿navegaría bajo las estrellas
con una Jolly Roger ondeando
en el palo mayor de mi navío?...

Ninguna de esas actividades, con todo y ser estimulantes y hasta divertidas (sobre todo, la de abrazar la noble profesión de pirata, según el modelo patentado por Espronceda), podrían compararse con la de lector de tebeos, cifra y símbolo de la felicidad para quien escribe estas líneas. Tanto que tengo un sueño recurrente en el curso del cual encuentro, en los polvorientos estantes de una librería olvidada, ciertos cuadernos de El Guerrero del Antifaz que nunca aparecieron en los quioscos y que un Dios amable y providencial depositaba en mis manos para que yo, y sólo yo, los disfrutase, aunque fuese por un ratito onírico y se desvaneciesen como burbujas nada más despertar.

Para quienes vivimos, siquiera algunos años, en una sociedad sin televisión, sin videojuegos, sin teléfonos móviles ni deuvedés y, lo que es más importante y menos concebible, ¡sin Internet!, los viejos y queridos tebeos fueron nuestros más fieles amigos, nuestros camaradas más leales. Me gusta verlos aquí, radiantes de color y de vida eterna, en las páginas de AGR, gozosa y felizmente mezclados con sus afines, los memorabilia cinematográficos, que tantas señas de identidad comparten con ellos. Tebeos que alimentan el recuerdo de nuestra única patria, la infancia (la “única patria” del pirata de Espronceda era la mar, que viene a ser lo mismo, pero en húmedo), y que nos hablan de una época regida por tres únicos dioses: la ilusión, la curiosidad y el asombro.

 

Por Luis Alberto de Cuenca

Instituto de Lenguas y Culturas del Mediterráneo y Oriente Próximo (C.S.I.C.)

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el cantor de jazz 1927Piezas de colección notables (todas originales), además de documentos históricos de primer orden. De momento, programas de mano, carteles (póster o afiches) y fotografías. Los primeros representan al coleccionismo más extendido debido a su pequeño tamaño y al número de coleccionistas que hay. El póster personifica un cuadro que puede colgarse y de hecho se cuelga en muchos hogares e instituciones públicas y privadas.

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