Los pósters españoles de las películas clásicas de Paramount

Carteles de cine, imágenes, grandes, pequeñas, gigantes… Magia, mundo de historias fabulosas de realidad falsa pero incuestionable, que vivimos como verdadera aún sabiéndola invención. Esos viejos carteles de La Paramount han abierto ese lugar olvidado de mi memoria donde se almacena el tiempo de infancia…

Recuerdo cuando esos mismos carteles se convertían en enormes murales en el cine de barrio, ése cine frente a mi escuela. Claro que el cine estaba del lado de las niñas y que la separación con ellas era estricta y de obligado cumplimiento, sin duda para preservar nuestra mutua inocencia.

Los chicos teníamos vistas al antiguo hospital de la Santa Cruz y a una vetusta estatua pétrea “comme il faut” de San Pedro, con llaves y largas faldas escasamente provocadoras de malos pensamientos. En aquel tiempo, todo el mundo sabía que el hombre es llama, la mujer estopa; llega el diablo y sopla…

Y cómo con razón sospechaban los juiciosos próceres que manejaban el cotarro en aquella España de los cincuenta y sesenta, de eso se trataba en cine: de cosas del diablo. Del diablo y de judeo–masones estadounidenses, lo que venía a ser equivalente.



Mirando esos carteles que ahora se publican, imagino a ese artista muerto de hambre, con barba de una semana, trabajando contra reloj, bajo la luz de un “flexo”, con un pitillo en los labios de tabaco, reciclado de colillas y liado con papel marrón. Por la ventana abierta a la noche se oye el chuzo del sereno golpeando adoquines.

Cuenta la leyenda que esos artistas de la penuria no disfrutaban del privilegio de ver la película antes. Ni los duros para sufragar la entrada después.  ¿Cómo podían crear esas maravillas a partir de unas pocas fotos y frases traducidas? Trabajo de alquimia, cábala y oráculo. Carne de inquisición.

¿Cómo podían sugerir, seducir, atraer, fascinar con esas imágenes intuidas, premonitorias? Claro, que aquel era un tiempo donde la imaginación suplía carencias de mucho. ¡Como si Imaginación fuera poco! Recuerdo ese cartel.

El cartel de cuando “El rugido de la Marabunta”  acalló al león de la Metro, que debía ser cachorro en aquel tiempo y ahora ha perdido dientes.

El cartel de cuando “El rugido de la Marabunta”  acalló al león de la Metro, que debía ser cachorro en aquel tiempo y ahora ha perdido dientes.

Jamás he visto la película en cine. Pero sí que la vi entonces; una, dos, no sé si veinte veces. Vi el cartel, fascinante, violento y pecaminoso. Una vez y otra. Allí está Charlton Heston, viril, heroico, macho y machista acercando su boca a una Eleonor Parker, pelirroja de carácter, que le espera con labios entreabiertos, sobre un fondo rojo de pasión e incendio, un segundo antes de que la censura pegara el tijeretazo y que todos los afortunados varones mayores de dieciocho años a los que les permitía el libertinaje de intuir tal cosa, se pusieran a silbar y a patalear. Más que nada porque, otra vez, Franco les frustraba la esperanza de que la novia, en la que habían invertido el capital que costaba la entrada, tomara nota. Y se animara.

Bajando la vista por el cartel vemos cómo el héroe se desplaza en una noche azul oscuro para salvar a la humanidad, y luego, flotando sobre la multitud que corre despavorida aún más abajo, esa frase terrible y sugerente: Cuando ruge la marabunta. El título se destaca en blanco sobre el fondo oscuro y en rojo sangriento; allí entre el adalid y los damnificados.

Me imaginaba millones y millones de hormigas hinchando los pulmones y pegando un grito al tiempo. Qué bestial. Marabunta. ¡Qué bien que suena! Una palabra que le llena a uno la boca. Marabunta, marabunta, marabunta… hay que mover lengua, hinchar mofletes y poner los labios en morritos. Ejercicio completo que había que practicar número infinito de veces antes de soñar en dar el primer beso. A una moza, claro.

Marabunta no existe en el diccionario de la Real Academia. En los alrededores de tan desolador hueco uno encuentra pululando palabrejas como marabino, marabuto, maracucho o maravedinada. ¿Dónde estaban los señores, señoras de la Real Academia en los años cincuenta? Seguro que ya habían nacido todos. ¿No oyeron el rugido? ¿Eran ya tan mayores que estaban sordos? ¡Si, hasta mi hijo de dieciséis años identifica marabunta con tropel, amontonamiento, avalancha de gentes! Y jamás oyó de la película.

¡El poder del cine! Tampoco el tropel de hormigas que aparece en la película da alarido alguno durante el tiempo que su incansable comilona aparece en pantalla. Deben tener la boca llena.

¿De dónde salió un título tan logrado? En inglés es “Naked Jungle,” la jungla desnuda. Luego de engullida se entiende. Pero quizá quien tituló la película en castellano no entendiera palabra de inglés y, artista del hambre a su vez, tampoco la había visto. Pero sí era un gran imaginador.

¡El poder de la imaginación! Yo sí oí el rugido de la marabunta. Alto y fuerte. Un grupito de chavales nos quedábamos a la salida de ese maravilloso cine de sesión continua y NODO, con la esperanza de atisbar alguna imagen cuando ocurría la mágica conjunción de puerta abierta y cortina levantada. Sonido sí que oíamos hasta que salía el acomodador para echarnos.

Me la contaron del derecho y del revés. Mi retina, la de más adentro de los ojos, conserva esas imágenes donde esas “ants” (hormigas) primitivas y con mala leche, avanzando en horda, cual marea, se comían a la gente dejando los huesos mondos y lirondos. Unos presumían afirmando que se habían colado en el cine, otros decían les había contado la peli un hermano mayor. A otros se la había narrado alguien a quien alguien se la había contado, pero cuya fuente verídica era alguien que se perdía en la memoria.

Como cuando se pone un espejo frente a otro y la imagen se repite hasta el infinito reduciéndose en la distancia. Pero no por eso la peli perdía. ¡Qué va! Cada vez que uno la oía aparecían detalles más sabrosos. Sobre todo para las hormigas comilonas. Y cuando la contabas te salía, entre añadidos musicales en forma de tachín, tachín para aumentar la emoción en su momento culminante, nuevos elementos más macabros, tétricas invenciones de narrador párvulo, tan vividas que luego no te dejaban dormir por la noche. 

¡El poder de una historia! En mi barrio, lo de contar pelis era todo un arte, toda una tradición. No podías ser respetado a no ser que dieras buenos patadones en las canillas o supieras relatar. Pero las pelis era lo fácil. Más sofisticadas eran las aventuras, aventuritas o “aventis” que nos contábamos los unos a otros entre grandes tatachines y aspavientos para no perder audiencia. Películas en miniatura donde, hablemos hoy de involucrar al público,  convertíamos a nuestros espectadores en personajes de la historia. Un respetable exigente que te “mandaba a la mierda” como le aburrieras.

¿De dónde salía esa herencia artística? Quizá de los cuentos de la abuela, de las pelis no vistas pero oídas cien veces, del serial radiofónico o de la falta de dinero para ir al cine de verdad. Y de la ausencia de teles, videos, videojuegos y otras actividades de “mal vivir”.

Sin duda, un narrador de esa brillante tradición es Terenci Moix. Vecino, pero de colegio de curas, no municipal como el mío, y unos años mayor. No puedo recordarle. Sí que recuerdo a los que me daban patadas en las canillas.

Quizá no le recuerdo porque él era de la acera de enfrente. Ustedes disculpen, estando catalán, a veces disfruto del privilegio de intercambiar el ser por el estar. Y él estaba en la acera de enfrente. Él era de los números pares; Terenci vivía en el cincuenta. Yo era de los impares. Cincuenta y uno de la misma calle: Joaquín Costa antes llamada de Ponent.

Me emocioné cuando en uno de sus libros Terenci contaba lo de las “aventis”. Hoy quedan tan lejanas, aquel tiempo tan distante, que preciso de esos maravillosos carteles de la Paramount que hoy aparecen aquí en AGR para evocar aquel tiempo, aquellas pelis, aquel cine, aquel lugar.

¡El poder de un cartel! Hace muchos años que yo abandoné aquel barrio formidable, lleno de alma e imaginación aunque pobre, duro y nada elegante. Terenci continúa en el mismo lugar, en la acera del frente. Y eso le honra.

(Este artículo lo redactó para la revista AGR número 15 –octubre 2002– el hoy escritor y entonces Director General de Paramount Home Video en España, Jordi Molist)

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el cantor de jazz 1927Piezas de colección notables (todas originales), además de documentos históricos de primer orden. De momento, programas de mano, carteles (póster o afiches) y fotografías. Los primeros representan al coleccionismo más extendido debido a su pequeño tamaño y al número de coleccionistas que hay. El póster personifica un cuadro que puede colgarse y de hecho se cuelga en muchos hogares e instituciones públicas y privadas.

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